De repente el soul sonará a viejo y a rancio, a rústico. En la radio aparecen nuevas propuestas que terminarán por reducirlo a círculos casi clandestinos. Durante los setenta solo pequeñas compañías se atreverán a seguir grabándolo mientras sus héroes intentan adaptarse a los nuevos sonidos o simplemente se hunden en locales de tercera categoría: el soul ya no refleja el clima de la época, ha pasado de moda y eso equivale a su muerte definitiva.
Y de nuevo la paradoja: a principios de los ochenta, legiones de fans blancos propiciarán su recuperación con películas como la delirante Granujas a todo ritmo, reediciones de los grandes clásicos, y favoreciendo la reaparición de muchos de sus intérpretes. Hoy, lejanas ya las condiciones sociales que determinaron su emergencia, el soul nos queda como prototipo de la mejor música negra que ha existido jamás y patrón a imitar o resucitar tantas veces como sea necesario, por que como lo demuestran a menudo las listas de éxito, puede seguir ganando batallas después de muerto.
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