Tras su repentino e inesperado éxito entre la comunidad gay, uno de los nuevos seguidores de Ian Whitcomb se atreverá a enviarle una composición propia, una pieza cargada de frivolidad donde el protagonista de la historia le pregunta a su amiga si puede prestarle a su novio por una noche. El cantante no dudará en enviar la grabación a su compañía discográfica, quien al día siguiente y de mano de su máximo responsable, le contestará mediante un antológico telegrama: "Querido Ian, llevo veinticinco años en este negocio. He trabajado con el mismísimo Frank Sinatra. Por favor, no -repito- no intentes registrar canciones de naturaleza homosexual. Buena suerte y mantente tan comercial como hasta ahora".
Estaba claro que aquel ejecutivo no deseaba destapar algo que merecía seguir estando escondido: esa pegajosa reputación de antro homosexual que tenía el rock and roll en general y la música juvenil en particular, con pecaminosas actividades de puertas adentro y cantidad de rumores de desaprensivos y algodonosos representantes con tiernos protegidos.
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