El entierro de Otis Redding tuvo rango de duelo popular. Cerca de cinco mil personas se apiñaban en el auditorio municipal para despedir a tan insigne intérprete, quizá el más grande que haya dado el soul a pesar de su temprana muerte. Mientras una concurrida muchedumbre seguía la misa desde la calle, James Brown, Aretha Franklin, Stevie Wonder y una abultada pléyade de rostros famosos salpicaban la escena en las primeras filas, visiblemente afectados. La aristocracia de la música negra estaba despidiendo a un Otis Redding que desaparecía en su mejor momento. Tenía veintiséis años y una voz rota aquejada por igual de dolor y ansiedad. Un animal de los escenarios cuyas actuaciones en directo estaban regadas por litros de sudor, trotes cortos, agitados aspavientos que le hacían perder un montón de kilos pero nunca el control, y canciones capaces de erizar el vello con sus primeras notas. Además, Redding escribía sus propias canciones.
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