En el rock existe la máxima de que "No hay nada más destructor que el éxito porque nadie te explica que hacer cuando llegas allí". Son palabras de Marc Bolan, para muchos el verdadero rey del glam. Murió en Londres, su ciudad natal, a los treinta años. Verdadera mala suerte, justo cuando empezaba a levantar de nuevo el vuelo tras un periodo de oscuridad provocado por infinitos problemas personales. Justo también cuando, a punto de acabarse los setenta, muchos de sus discípulos dan sus primeros pasos: fanáticos suyos que sin ningún pudor erigirán su nombre como estandarte: desde Prince hasta Frankie goes to Hollywood, desde Radio Futura a Dinarama.
Sin embargo no será su muerte, pese a la mitificación inevitable que acarrea tal circunstancia en un negocio tan necrófilo como el rock, la razón primordial de su descubrimiento: aunque esta potencie su figura, es evidente que el nombre de Marc Bolan ya pertenecía mucho antes a la categoría de estrella de la música pop.
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