La música pop tiene a finales de los sesenta y principio de los setenta una edad que la capacita para someterse al desarrollo sociocultural de otras áreas históricas. Lo que comenzó siendo una ruptura de la moralidad social había adquirido estado de bien industrial y calibre cultural. Las raíces de los artistas pop -la música negra y el rock and roll- habían pasado por el huracán de la psicodelia y se observaba la música como un material no solo unido al baile o a la rebelión juvenil. Ni como un objeto comercial dedicado exclusivamente a las frívolas listas de éxitos, sino como algo digno de ser trascendental. Los síntomas son la búsqueda de nuevas estructuras armónicas, el fomento del individualismo, el aplauso del virtuosismo y la fusión, por primera vez, con referentes culturales blancos: la música clásica y la electrónica. La música ya no se baila, ahora se escucha, se visualiza, se piensa. Los compositores clásicos y los electrónicos comparten comentarios entre las nuevas estrellas del rock y los sintetizadores son la guinda obligada en cualquier escenario. Abundan las referencias al cosmos y a la épica. Todo se intelectualiza: esa parece ser la inexorable ley del progreso.
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