Let's dance se convirtió en su resurgir comercial y en la aparición de una nueva personalidad; la del showman apto para todos los públicos. Gran parte de todo ello se lo deberá a la elección como productor de Nile Rodgers, una verdadera máquina de fabricar éxitos de baile -y archiconocidos riff de guitarra- desde sus tiempos con el grupo Chic. Muchos de sus temas serán éxitos rotundos dentro de un álbum que quizá no esté a la altura de lo más significativo de David Bowie, pero que sin duda tiene la virtud de convertirle en mito para aquella generación -demasiado joven en los setenta- que gracias a este disco descubrirá a un músico que de haberse ceñido a lo que muchos esperaban de él, tal vez se hubiese convertido en poco más que una imitación de sí mismo. Y a partir de aquí, el peligroso y vertiginoso descenso con trabajos menores en los que abusará de la aparición de estrellas invitadas, algo que reducirá su personalidad. Tal vez la estrella esté en declive, pero de tan glorioso embaucador aún puede esperarse todo, incluso un nuevo y sorprendente cambio.
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