Una vez más, el rock desborda sus principios de reformador moral de las costumbres sociales y enseña su respetable cara de educador cultural y producto comercial digno. Y dentro de él, el jazz rock es un hijo necesario al que se le deben desde fabulosos discos de música comercial a nefastos trabajos fáciles de olvidar en el cajón de los saldos, pero cuya herencia resultará siempre inquietante y portadora de pecaminosos cosquilleos, temperamento y fantasía. Pocas veces una variante del rock ha sido tan prolífica en producción discográfica desde que su primeros pálpitos, arcaicos e ingenuos, se dejaron oír en la segunda mitad de los sesenta en forma de inmaduros acercamientos al pop.
A la par que Miles Davis, referencia inevitable del jazz durante más de cuatro décadas, iniciaba sus fascinaciones eléctricas, un carismático músico de rock, prestigioso músico de sesión e incansable fabulador de proyectos, neoyorquino y fiel colaborador de Bob Dylan, Al Kooper, convocará a siete excelentes músicos para fundar Blood, Sweat and Tears; sangre, sudor y lágrimas.
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