miércoles, 21 de abril de 2010

Festivales: de la retórica a la cuenta corriente

Pero el tren de los festivales estaba en marcha y no se podía parar aún cuando ya estaban desprovistos de retóricas reivindicativas y se habían convertido en máquinas de hacer dinero para promotores audaces. El récord de asistencia en aquellos tiempos fue para el de Watkins Glenn en 1973, donde 600.000 personas pasaron por taquilla para disfrutar de The Band, Grateful Dead y The Allman Brothers. Sin embargo, en otoño de ese mismo año, el sueño hippie ya cuenta con la antipatía de demasiadas autoridades, quienes traba tras traba, amenazan con el cerrojazo final de los festivales al negarse a ceder el espacio necesario para sus celebraciones. En 1979, dos responsables del Woodstock original desisten de repetir la jugada al no concederles los permisos oportunos. En los ochenta, la millonaria de los ordenadores Appel Company concibe el US Festival, una mezcla de rock y feria tecnológica de carácter anual en donde los lemas ya no giran en torno a la paz y el amor: baste como ejemplo la edición de 1983, donde Chrissie Hynde, cantante de The Pretenders, se sincera ante el público confesando que los músicos están allí por dinero. Por si quedaba alguna duda al respecto, interpretarán el Money de Pink Floyd.


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