Con sus arreglos para viento, su fraseo vocal lleno de embrujo y sus desgarros guturales y escénicos, James Brown es por sí mismo responsable directo de un trayecto que lleva desde la iglesia a la discoteca, desde la música espiritual al rap, de la sedimentación del soul al funk...¿alguien da más?.
En los cincuenta nos regala gospel, pop, rhythm and blues, rock and roll y soul primigenio. En los sesenta, probablemente junta a Ray Charles, pondrá las bases que conforman el rico cosmos de un soul ya mayoritario, para desembocar en unos años setenta donde no eludirá incursiones en las canciones de repertorio o en el mismísimo jazz. Su punto álgido debemos de situarlo en 1962, donde la fascinante comunicación con su banda, la de estos con auditorios repletos de gente y éxtasis, el pulso rítmico, la descarga y el descarnado roto que supone su voz, contribuyen a convertirlo en un monumento sonoro, cenit de un vigor físico que podríamos calificar como de batidora sin fin. Poco ha de importará pues lo que evoque nuestra memoria con solo escuchar su nombre.
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