sábado, 23 de octubre de 2010

AOR británico: 10 cc

"10 centímetros cúbicos" -10 cc- es el curioso nombre de un grupo en el que con reputado prestigio como compositores confluyen tres buenos músicos de Manchester que tras varios discos sencillos de pop fresco y juguetón, acabarán revelando grandes dosis de buen gusto, amplio conocimiento del mejor sonido británico y una bella artesanía en el tratamiento de las voces y la batería eléctrica. Auténtica luna de miel desde 1973 a 1976, hasta que esta queda resquebrajada con la marcha de su columna vertebral: el batería Kevin Godley y el cantante Lol Creme, quienes juntos pondrán rumbo a un nuevo éxito con fórmulas más arriesgadas y de menor comercialidad que finalmente quedarán casi en el olvido. Música más creativa, pero que apenas les reportará trascendencia alguna.
Sin ellos, y superando tan duro traspiés, los 10 cc continuarán editando discos notables donde abundarán melodías más blandas y un alto contenido de baladas, elementos que terminarán por devolver al grupo a lo más alto de las listas de éxito de todo el mundo.






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AOR británico: Electric Light Orchestra (II)

La ELO es sinónimo de grandilocuentes esquemas musicales cargados de vertiginosos coros con los que convertir sus canciones el algo más que cinco minutos de música; sinfonías en cada uno de los surcos de sus discos que con el tiempo derivarán en un embriagador pop capaz de reclutar un gran número de seguidores en todo el mundo. Hasta el público adolescente acabará admirándolos tras escuchar Discovery, disco multimillonario en ventas durante 1979 y cuyo ya descarado ritmo pegadizo introducirá a la banda en las pistas de baile. Y todo de la mano de Jeff Lynne, quien embriagado ya por la soberbia del éxito terminará por perder el rumbo hasta verse arrastrado por futuros problemas de ventas y éxito escaso. Paradójicamente, su único número uno será la composición del tema central -interpretado por Olivia Newton John- de la película Xanadú. Acabada la inspiración como intérprete, los más nostálgicos hemos podido seguir apreciando su talento como productor en trabajos de gente como Roy Orbison
-en su disco de regreso a los escenarios y a la vez póstumo- o The Travelling Wildbury's, grupo ocasional en el que junto a él aparecían el mencionado Roy Orbison, Bob Dylan, Tom Petty y George Harrison.








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AOR británico: Electric Light Orchestra (I)

Cuando en 1970 Roy Wood y Jeff Lynne deciden disolver The Move, en sus cabezas ya rondaba ese ambicioso proyecto al que denominarían Electric Light Orchestra, banda multiinstrumental donde las secciones de cuerda, el rock fuerte y el pop más empalagoso quedarán conjugados con brillante maestría convirtiéndose desde sus primeros trabajos en un sonido hasta entonces insólito en el mundo del rock. Un estilo de música reseñable capaz de responder de forma reaccionaria al auge del jazz rock de la época. Las primeras críticas recibidas serán del todo positivas, pero aún así, tras un primer disco repleto de violines, Roy Wood abandonará la nave dejando a Jeff Lynne el laborioso trabajo de perfeccionar el recién creado monstruo con elaboradas composiciones melódicas que aderezará electrificando su sección de cuerda, coros y amplificados ritmos sólidos con los que la ELO -abreviatura con la que serán conocidos en todo el mundo- iniciará sus descargas de pop sinfónico con trabajos que se convertirán en pequeños tesoros que todos quieren oír.


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AOR británico: Supertramp (II)

En las canciones de Supertramp ya resalta un esquema sonoro que acabarán convirtiendo en seña de identidad recalcándolo con perversa obstinación y mejores medios técnicos: pulcritud, voces en falsete, rítmica dulzona y pegajoso aire dramático. Sus siguientes trabajos traerán una apoteosis comercial que terminará por convertirlos en grupo de culto de innumerables seguidores que se apresuran a comprar sus venerados discos. En 1979, Breakfast in América será el disco más vendido del año, y un año más tarde una recopilación de sus descomunal concierto en París mantendrá vivo el interés mientras el grupo digiere su éxito. Sin embargo, la espera terminará con un trabajo superficial, distante, monótono y nada sorprendente que mostrará al mundo las eternas e irreconciliables diferencias entre sus dos líderes; una insostenible situación que terminará con el abandono de Roger Hodgson, dedicado ahora a un trabajo en solitario donde suma y sigue el sonido Supertramp. En cuanto al grupo, nada destacable a partir de entonces. Solo un espaciado deambular por los escenarios incapaz de conmover como lo hiciera antaño y en el que solo los nostálgicos acuden a sus conciertos y compran sus discos aunque solo sea para poseerlos.


AOR británico: Supertramp (I)

Supertramp nace en 1969 de la mano del teclista Rick Davies tras un novelesco encuentro con un mecenas holandés mientras pasea por los brumosos canales de Amsterdam. En la banda encontraremos también, junto a dos músicos a sueldo, a otro talento y buscador de fortunas: el guitarrista Roger Hodgson. Sus dos primeros trabajos deambularán entre el rock progresivo y los sonidos convencionales, sonidos que apenas despertarán interés alguno y que obligan al millonario protector a cerrar el grifo. Sin dinero, la rápida estampida de sus asalariados músicos descompone la banda, pero por suerte alguien de la compañía para la que graban -A&M Records- cree ver algo en ellos y les exige un disco más comercial para el que Davies y Hodgson se ven obligados a contratar a marchas forzadas a tres nuevos músicos que a la postre configurarán la formación definitiva del grupo. Ya en 1974, descubrirán que que su futuro está en temas de gran fuerza melódica, arreglos cromados y letras sabiamente dosificadas con pretensiones de profundidad; está en marcha la grabación de lo que será su primer éxito mundial: Crime of the century.


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domingo, 3 de octubre de 2010

AOR: La vertiente británica

El Reino Unido no pudo librarse de este rock a medida llamado AOR, y que ellos prefirieron llamar rock adulto, calificativo que aplicado a un artista podía considerarse como un insulto si nos atenemos a ese interés que siempre ha mostrado el rock por tener la llave de la eterna juventud. Sin embargo, aplicarlo a un artista británico de aquellos años setenta no parece descabellado ya que la mayoría de ellos evitarán los clichés adolescentes a la hora de desarrollar sus personalísimos trabajos. Personalísimos hasta el extremo de que cada uno de los grupos o solistas destacados por aquel tiempo en el viejo continente, sonará totalmente distinto al resto. Serán gente a la que si preocupará la maquiavélica manipulación de la industria, individuos que jamás se creerán estrellas y que nunca dejarán que sus carreras invadan sus vidas. Artistas en definitiva que lucharán por ellas y por sus canciones, no por sus carreras aún siendo estas excitantes. De hecho, muchos de ellos como Supertramp o Electric Light Orchestra, quizá las dos bandas británicas más destacadas de este nuevo sonido, se separarán justo cuando más populares y ricas comienzan a ser.




AOR: Nombres ilustres (VII)

El camino que va de la vanguardia a lo comercial también lo siguieron el quinteto Journey, escusa ideal y platónica para el feroz lucimiento de dos ex componentes de Santana, recién comenzado 1973. Con el tiempo su sonoridad degenerará a partes iguales en poderoso heavy y facilón romanticismo. A partir de entonces todos sus trabajos tendrán similares recompensas -cuádruple disco de platino en el mejor de los casos- y el mismo ofrecimiento musical. Reducidos a trío en 1986, cada nuevo álbum será una descarada aproximación al pop, género donde los alardes efervescentes de sus orígenes han dejado de existir.
Otros conocidos del sonido AOR, aunque solo sea por un único pero meritorio trabajo, son Survivor, negocio del siglo en 1982 tras colocar su Eye of the tiger
-tema escrito cuatro años antes- como banda sonora de la tercera entrega de la popular saga Rocky. Premios Grammy y millones de dólares que parecen caídos del cielo acabarán siendo testigos de otra sorprendente colaboración entre el rock y el séptimo arte.




AOR: Nombres ilustres (VI)

La banda Styx es una de las pruebas de que no solo de música negra se vive en Chicago. Desde allí se darán a conocer al mundo mediante ramalazos sinfónicos y arranques guitarreros de fácil digestión. 1979 será su año, momento en el que más propensos a las baladas empalagosas que al rock, aterrizarán en el viejo continente. También serán las baladas las que conviertan a Reo Speedwagon en un grupo infalible. Curtidos en cientos de conciertos por cualquier rincón de Illinois, acabarán fichando por Epic Records con un modesto contrato que les permitirá la grabación de diez álbumes cargados de buen rock metálico, sano y teñido de sonidos procedentes del boogie. Aún así serán conscientes de que no pasan de discreta banda con pretensiones, pero solo por un tiempo. Su trabajo de 1980 contendrá tantos números uno como discos de platino conquistados, un alto precio que les llevará de la mano de un excesivo uso de la balada, a convertise en una banda más aburrida y menos dura. Pura comercialidad y casi idéntica biografía que encontraremos también en Foreigner.






AOR: Nombres ilustres; Peter Frampton (II)

Tan apoteósico éxito -se trata del doble álbum y trabajo en directo más vendido de la historia del rock- vuelve a convertir a Peter Frampton en esclavo de sus atlético cuerpo, pero esta vez ya no pondrá trabas a que la mercadotecnia y la publicidad lo vendan nuevamente como ídolo de ardientes adolescentes. Él, y sobre todo su mánager, juegan buenas cartas que acabarán reventando la banca. Rock melodioso, temperado, con subidas y bajadas, cal y arena, ninguna molestia al escucharlo; o lo que es lo mismo, un inmenso pastel en el que Peter Frampton es la guinda. Con un nueva trabajo, 1977 también será un año de vacas gordas para este hallazgo comercial sin epílogos dignos, pero que pronto perdió el rumbo embarcándose en bochornosas colaboraciones. Sus siguientes trabajos ya augurarán una carrera solista decreciente a la que pondrá fin con tres mediocres álbumes que no resucitarán ni su prestigio ni su porte. Se perdió al artista, pero por suerte, jamás su vocación y autoridad como guitarrista de acompañamiento que hoy aún podemos seguir disfrutando.


AOR: Nombres ilustres; Peter Frampton (I)

Dominador de su propia imagen de chico guapo y al mismo tiempo dominado por idénticas razones, la vida musical de un siempre joven Peter Frampton viene marcada por una presencia física de la que acabará siendo víctima. A finales de los setenta ya tiene su propia banda, donde el mayor interés reside en su tierno y angelical aspecto. Tiene solo diecisiete años, pero este preadolescente ya excita las más bajas pasiones de las jóvenes británicas, motivo por el que el reconocimiento de su labor como compositor y excelente guitarrista que el busca incansablemente no resultará más que una quimera. Con el tiempo terminará por conseguir la reputación suficiente para permitirse el ansiado asalto a la cúpula del rock, ya en solitario. Paso a paso ira cubriendo etapas con varios discos en donde juega con un rock a medio volumen, y con el que decidirá emigrar a Estados Unidos. Lejos está de saber que allí le espera el delirio absoluto con su primer trabajo para el mercado norteamericano en 1976, un doble disco en directo -Come alive!- que todavía sigue siendo recordado por el departamento financiero de A&M Records.


AOR: Nombres ilustres (IV)

California año 1970. Banda de rock duro malvive en la costa oeste hasta que la incorporación de un nuevo integrante, Michael McDonald, obra el milagro. Nacían The Doobie Brothers, la historia de una trayectoria de más de una docena de álbumes y que en sus comienzos despegará a buen ritmo de rock mezclando con fortuna la apariencia sureña de dos guitarras y dos baterías, con la realidad de sus amores por la tradición. Sin tener un estilo personal definido, picotearán del country y del blues, estilos a los que añadirán pretenciosos arreglos de metal. Las voces -en especial de la McDonald- terminarán por sazonar una prometedora combinación a la que poco a poco se le irán añadiendo ingredientes que terminarán por convertirlos en un grupo sin aroma, indefenso e indefendible, pura pólvora mojada que confirmará su desvío hacia un pop excesivamente blando. Dirigidos por un productor que les resta mordiente y no permite desmadres musicales -lo que el rock equivale a aburrimiento-, el grupo desaparecerá en 1983.


AOR: Nombres ilustres (III)

En el caso de Cheap Trick se da la circunstancia de que, aunque la banda ha abandonado el primer plano musical, sus trabajos siguen avivando el fuego del prestigio. Banda formada en 1972, será el gusto por el pop británico el que marque su estilo, al que además aportarán contundentes guitarrazos y buenas dosis de humos que pronto atraerán a avispados productores. En sus comienzos traslucen con particular encanto reminiscencias de The Beatles y The Who sin concesiones gratuitas, estilo primerizo al que algunos consideran como causante de su tardío despegue hacia la popularidad. De hecho, y coincidiendo con la inclusión en sus trabajos de un mayor voltaje, el choque de la banda con el éxito no se producirá hasta finales de los setenta, si bien solo se tratará de un espejismo. Tras un año en la cima, 1979, problemas con su compañía discográfica y entre algunos de sus miembros pondrán en peligro la estabilidad del grupo, que tras dos años de reflexión volverá con notables trabajos que se suceden hasta nuestros días, pero que sin embargo ya no cauitivan.


AOR: Nombres ilustres (II)

Otro egocéntrico proyecto a cargo de un productor de alta tecnología, será Boston, una de las cristalizaciones más antológicas del rock adulto. Tras perder el tiempo en mediocres bandas, el productor Tom Scholz experimentará nuevos sonidos en un pequeño estudio instalado en el sótano de sus casa. Su persistente tozudez técnica, junto a miles de horas y cintas gastadas, darán a luz la canción químicamente perfecta, More than a feeling, principal culpable de que el primer Lp de Boston, año 1976, sobrepase los seis millones de copias vendidas quedando en los anales de la industria como el debut más apoteósico en la historia del rock. Tom Scholz había reunido una banda de circunstancias para evitar que se hablara de invento, pero inequívocamente, al disco solo se le puede atribuir un padre. Su siguiente parto le llevará dos años y obtendrá mucho menos éxito, motivo por el que drásticamente decidirá apartarse de la circulación. Habrán de pasar ocho años hasta volver a tener noticias suyas en forma de nuevo álbum, otra ración de alquimia mezclada por un soitario talento dominador de guitarras y teclados.


AOR: Nombres ilustres (I)

Y entre los aventajados, Pat Benatar, notable cantante y gran trabajadora que no encontrará demasiados obstáculos en su carrera a la hora de convertirse en una fulgurante estrella de sensuales modales. Aprendió rápidamente los tecnicismos vocales de la ópera para, tras unos años de meritorio callejeo en trabajos de camarera o cajera, conseguir merced a un notable empresario un contrato con Chrysalis, discográfica cuya supervisión técnica corre a cargo del gran productor del género Mike Chapman. Laa fórmula a desarrollar es bien sencilla: cantante maciza, capaz de variados matices vocales y apta para interpretar un repertorio entre melodrámatico y rockero que tendrá como fondo un sonido duro y arropante. Con ella, la industria logrará uno de sus productos femeninos mejor calculado y más duradero. Desde su debut en 1980 adquirirá tintes estelares de primera magnitud, en parte por la anemia de ídolos femeninos que padece el rock. Su triunfo también llegará a Europa, donde se estabilizará como fácil vendedora de discos con corteza dura donde inocuos sonidos espectaculares estarán hechos a la medida de su lucimiento.


AOR: Un virus contagioso cargado de dólares

Contagioso virus capaz de erosionar los más sólidos cimientos de bandas como Chicago, Steve Miller Band o Cars entre otros, el AOR es un proceso letal, aburrido y creador de nuevos millonarios. Éxito y confort. Abanico de arrogancias en un circo de leones castrados. Curiosamente, muchas de las bandas que lo interpretan tienen ropajes estilísticos heredados de las bandas progresivas británicas, pero cualquier intento de reproducirlos con creatividad resultará estéril. Pero tampoco nos dejemos engañar sin más: por supuesto que en colecciones discográficas tan fecundas como las que suman los adictos al rock encontraremos piezas AOR de gran valía no solo técnica, sino también emotiva a pesar de su mero paladeo estético inofensivo, inmovilista y sin posibilidad de sorpresa. Es por eso que se habla del AOR como un género con innumerables altibajos, pero que sigue presente en emisoras de todo el mundo
-en especial Japón-, verdaderos oasis reportadores de ingresos y principal mercado. Y eso es todo lo que necesita esta música: un mercado donde "rock sociedad anónima" siga contando con aventajados accionistas.






sábado, 2 de octubre de 2010

AOR: Gotas de rock y baladas

Teniendo como tonos limítrofes el heavy metal y el pop rock, el AOR se configura como una inmensa tarta multisabor en la que cabe de todo con tal de agradar y repetir hábitos y tics de obligado cumplimiento. Música prefabricada que no dejará nada al azar, la improvisación o el arrebato. Gotas de rock potente, solos deslumbrantes, canciones de fácil colectivización, clubs de mimados seguidores con los que proteger los intereses de los artistas, laboriosa y estudiada publicidad...todo con los mismos propósitos: números uno, millones de discos vendidos, máximo nivel de presencia radiofónica y aluvión de conciertos. La máquina promocional funcionando a todo gas, implacable, sin un átomo de magia. Y ante este éxito arrollador, imposible no señalar un apunte básico y estadísticamente ganador: las baladas. Aunque todos los eximios practicantes del sonido AOR adoptan configuración de grupo de rock, ninguno olvidará el talismán de la balada como certero misil con el que conquistar de forma masiva a un público que, poco exigente, percibe con facilidad la belleza superficial del momento.

AOR: Arrogancia y ventas millonarias

Pero a pesar de sus falsos principios, el AOR terminará siendo una actitud, un carácter, una especial manera de concebir el rock como si de un empleo fijo se tratase, de cuantiosa retribución, y en el que impera más el oficio, la experiencia y la producción, que el riesgo o la ilusión por desbrozar terrenos aventurados. Socios de este nuevo club serán las llamadas "grandes bandas norteamericanas", publicitaria -y estúpida- denominación con la que se clasificará a ciertos nombres del rock estadounidense caracterizadoS por las ventas millonarias, sus muchos años de existencia, sus extensas discografías y el prestigio profesional de sus miembros. Bandas que duran décadas gracias a complejos y rentables entramados comerciales sustentados por anquilosadas emisoras de radio que postulan el mantenimiento y durabilidad de semejante género musical. Pelo largo, edad cercana a los cuarenta, ropas corrientes, prestigioso historial profesional, semblante arrogante, obsesión por los instrumentos que interpretan, desdén por otros tipos de música, escasos problemas de popularidad, altísimo nivel de vida y miles de kilómetros a sus espaldas, podría ser el retrato de cualquiera de sus miembros.


AOR: El adormecimiento del rock

Con la llegada del producto AOR a las emisoras de radio se entrará en un periodo de adormecimiento del rock que paradójicamente las compañías discográficas terminarán agradeciendo, pues para normalizar el mercado y sus cuentas corrientes solo han que buscar grupos que cumplan unos mínimos requisitos y ponerlos en manos de esforzados productores. En muchos casos los músicos quedarán en un segundo plano, hasta el punto de que ni tan siquiera aparecerán en las portadas de los discos, verdaderas obras de fantasía científicamente elaboradas para comprobar su eficacia en las tiendas. La mercadotécnia guiará las riendas de un manso animal y la venta de vinilos se complementará con masivas giras donde casi todo espectáculo será una parodia del ritual comunicativo que siempre albergó el rock. Será un tiempo en el que, a pesar de las ventas millonarias, se pagará un alto precio en momentos de vacas gordas. Al mismo tiempo, la reticencia de las discográficas a enfrentarse con propuestas originales, acabará por asfixiar a numerosos nombres prometedores.


AOR: Música de consumo

Son muchos los que piensan que la radio, mucho más conservadora y menos reivindicativa, fue la gran culpable de que la música frenara su evolución y desarrollo en los setenta. Si la emisoras de FM norteamericanas de los años hippies fueron ejemplo de apertura y escepticismo, la mayoría de estas evolucionarán años más tarde hacia programaciones más rígidas en las que los discjockeys carecen de autonomía para elegir la música, siendo esta seleccionada por empresas especializadas que garantizaban un buen número de oyentes si se seguían sus indicaciones. En la segunda mitad de los setenta, la obligación de toda emisora de FM ya no es presentar nuevas tendencias; ahora lo principal es atrapar la mayor audiencia posible para que no bajen sus ingresos publicitarios. A esta nueva forma de programación se le llamará AOR -álbum oriented radio- y se tratará básicamente de ofrecer, junto a clásicos del pasado, los últimos discos tanto de estrellas establecidas, como de otras nuevas para las que se han elaborado trabajos cercanos al rock con una cuidada producción, ritmos menos frenéticos, pegadizos estribillos y moderados relámpagos de guitarra.


AOR: La música en las ondas

En el perfecto y efectista entramado comercial de la industria discográfica, otro elemento destacado lo constituyen las emisoras de radio. También en los años setenta, y tal y como ocurrió dos décadas antes, los magnates del entretenimiento se apresurarán a empaquetar inocuas formas de rebelión musical con las que domar con suma facilidad a los insurrectos del rock surgidos a finales de los sesenta. Y así, muchos de aquellos hijos de Acuario que habían iniciado su travesía en 1967 buscando, tanto una nueva forma de expresión como la construcción de una cultura alternativa, acabarán transformados a mediados de los setenta en dueños y esclavos a un mismo tiempo de una industria que convertíría sus discos -antaño incordiantes en lo sonoro y en lo político- en meros productos de consumo; la exploración de universos desconocidos pregonizada en los sesenta quedará pronto olvidada con simples canciones de homogénea envoltura y diseño laborioso con las que complacer a un público amante de la música, pero que salvo en honrosas excepciones, ya no encontrará sorpresa alguna.


Música Disco: el fin de una música de alquimia

La época dorada de la música disco explotaría, aún más si cabe, gracias a esa gran pantalla que nos mostraba a un acicalado y hortera Tony Manero, jamás despeinado, moviéndose sobre deslizantes suelos iluminados. Hasta que llegó la saturación; la abundancia de productos en busca de un mismo y mínimo denominador común, la reiteración de muchas de sus estrellas, la nueva moralidad patrocinada por la era "Reegan", la deshumanización del ambiente de las discotecas con la entrada en ellas de las drogas y la llegada de nuevas propuestas sonoras, se unirán entre otras causas para quitar brillo a las fantasías de todos aquellos que en una pista de baile se sentían como John Travolta. Sin embargo, algunos de sus conceptos seguirán vigentes hasta hoy: versiones más largas, productores funcionando como alquimistas, las fronteras entre los sonidos blancos y negros totalmente desdibujadas, pocos artistas consagrados menospreciando el filón de la música de baile...y tal vez lo más importante y significativo: gente de todo el mundo bailando hasta el final de la noche como en los viejos tiempos de la música disco y sus ensordecedoras quimeras de purpurina.










La saturación de las pistas de baile

Saturday night fever será una película barata que estrenada en Noviembre de 1977 recaudará en menos de un año más de 150 millones de dólares, de los cuales, más de la mitad corresponderán a las ventas del álbum doble que contiene su banda sonora, número uno en Estados Unidos durante veintitrés semanas seguidas. Nacerá así un nuevo y positivo concepto de mercadotecnia ampliamente extendido en la actualidad, en la que disco y película se promocionan mutuamente, llegando además el momento en que la música disco consigue por fin su epopeya propagandística; sociólogos, moralistas y reporteros cuentan con una nueva preocupación: el "travoltismo". En la parte negativa apuntar que serán tantos los que quieran aprovechar el filón, que de inmediato surgirá un subgénero cinematográfico de ingrato recuerdo y que tendrá por protagonista a las pistas de baile. Ninguna comparable con esta fiebre de fin de semana donde los falsetes efervescentes de los Bee Gees y el sencillo carisma de una ahora cotizado John Travolta, compartieron pantalla con interesantes temas de gente como Tavares, The Tramps, Yvonne Elliman o KC and The Sunshine Band.


La fiebre del sábado noche

El ingenio mimético de los hermanos Gibb será aplicado con maestría sobre una música de baile de extremada inspiración. Cederán algunos de sus éxitos al tiempo que componen otros temas que encajan perfectamente en la futura película que ha de protagonizar John Travolta, por aquel entonces un actor de televisión con pretensiones de cantante. Y de repente llegará Saturday night fever, una fiebre de sábado noche donde Tony Manero, su personaje principal, es un habitante más del empobrecido Brooklyn que vive para el fin de semana, momento en el que se transformará en el más chulo "gallito" de la discoteca local; un muchacho satisfecho consigo mismo hasta que una "bailona" secretaria que pasaba por allí le hace ver que hay otros horizontes, una vida mejor solo con cruzar el puente hacia Manhattan. Crisis, dudas y triunfo final donde Tony encuentra el verdadero amor y asciende socialmente. Una parábola perfectamente inteligible y que urdida sobre todo con puritanos argumentos, se convertirá en uno de los negocios del siglo.