Con la llegada del producto AOR a las emisoras de radio se entrará en un periodo de adormecimiento del rock que paradójicamente las compañías discográficas terminarán agradeciendo, pues para normalizar el mercado y sus cuentas corrientes solo han que buscar grupos que cumplan unos mínimos requisitos y ponerlos en manos de esforzados productores. En muchos casos los músicos quedarán en un segundo plano, hasta el punto de que ni tan siquiera aparecerán en las portadas de los discos, verdaderas obras de fantasía científicamente elaboradas para comprobar su eficacia en las tiendas. La mercadotécnia guiará las riendas de un manso animal y la venta de vinilos se complementará con masivas giras donde casi todo espectáculo será una parodia del ritual comunicativo que siempre albergó el rock. Será un tiempo en el que, a pesar de las ventas millonarias, se pagará un alto precio en momentos de vacas gordas. Al mismo tiempo, la reticencia de las discográficas a enfrentarse con propuestas originales, acabará por asfixiar a numerosos nombres prometedores.
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