En las canciones de Supertramp ya resalta un esquema sonoro que acabarán convirtiendo en seña de identidad recalcándolo con perversa obstinación y mejores medios técnicos: pulcritud, voces en falsete, rítmica dulzona y pegajoso aire dramático. Sus siguientes trabajos traerán una apoteosis comercial que terminará por convertirlos en grupo de culto de innumerables seguidores que se apresuran a comprar sus venerados discos. En 1979, Breakfast in América será el disco más vendido del año, y un año más tarde una recopilación de sus descomunal concierto en París mantendrá vivo el interés mientras el grupo digiere su éxito. Sin embargo, la espera terminará con un trabajo superficial, distante, monótono y nada sorprendente que mostrará al mundo las eternas e irreconciliables diferencias entre sus dos líderes; una insostenible situación que terminará con el abandono de Roger Hodgson, dedicado ahora a un trabajo en solitario donde suma y sigue el sonido Supertramp. En cuanto al grupo, nada destacable a partir de entonces. Solo un espaciado deambular por los escenarios incapaz de conmover como lo hiciera antaño y en el que solo los nostálgicos acuden a sus conciertos y compran sus discos aunque solo sea para poseerlos.
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