La época dorada de la música disco explotaría, aún más si cabe, gracias a esa gran pantalla que nos mostraba a un acicalado y hortera Tony Manero, jamás despeinado, moviéndose sobre deslizantes suelos iluminados. Hasta que llegó la saturación; la abundancia de productos en busca de un mismo y mínimo denominador común, la reiteración de muchas de sus estrellas, la nueva moralidad patrocinada por la era "Reegan", la deshumanización del ambiente de las discotecas con la entrada en ellas de las drogas y la llegada de nuevas propuestas sonoras, se unirán entre otras causas para quitar brillo a las fantasías de todos aquellos que en una pista de baile se sentían como John Travolta. Sin embargo, algunos de sus conceptos seguirán vigentes hasta hoy: versiones más largas, productores funcionando como alquimistas, las fronteras entre los sonidos blancos y negros totalmente desdibujadas, pocos artistas consagrados menospreciando el filón de la música de baile...y tal vez lo más importante y significativo: gente de todo el mundo bailando hasta el final de la noche como en los viejos tiempos de la música disco y sus ensordecedoras quimeras de purpurina.
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