Tan apoteósico éxito -se trata del doble álbum y trabajo en directo más vendido de la historia del rock- vuelve a convertir a Peter Frampton en esclavo de sus atlético cuerpo, pero esta vez ya no pondrá trabas a que la mercadotecnia y la publicidad lo vendan nuevamente como ídolo de ardientes adolescentes. Él, y sobre todo su mánager, juegan buenas cartas que acabarán reventando la banca. Rock melodioso, temperado, con subidas y bajadas, cal y arena, ninguna molestia al escucharlo; o lo que es lo mismo, un inmenso pastel en el que Peter Frampton es la guinda. Con un nueva trabajo, 1977 también será un año de vacas gordas para este hallazgo comercial sin epílogos dignos, pero que pronto perdió el rumbo embarcándose en bochornosas colaboraciones. Sus siguientes trabajos ya augurarán una carrera solista decreciente a la que pondrá fin con tres mediocres álbumes que no resucitarán ni su prestigio ni su porte. Se perdió al artista, pero por suerte, jamás su vocación y autoridad como guitarrista de acompañamiento que hoy aún podemos seguir disfrutando.
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