Joey, alambre humano de casi dos metros que no ve más allá de la punta de su nariz pero que ha refinado su oído coleccionando discos de los años sesenta, Johnny, camuflado tras un insolente flequillo, fan de los Beatles y Buddy Holly, castigador de su guitarra con esa ira ciega que nace de la inadaptación más absoluta; Dee Dee, callado pero el más agresivo, el típico gamberro callejero que encuentra en su bajo eléctrico una disciplina para su instinto destructivo, y por último Tommy, batería del grupo que ni sabe si contesta, son cuatro cretinos maravillosos que en 1975 ya actúan regularmente en varios clubs nocturnos de Manhattan. Tocan una media de veinte temas en solo media hora y pronto son descubiertos por la élite de la escena rock neoyorquina, siendo el mismísimo Lou Reed uno de los primeros en pasear -sin resultado alguno- la maqueta del grupo por las discográficas. Ningún ejecutivo en sus cabales le ve futuro a este rock en estado puro con el que Ramones se propone salvar a la civilización de su decadencia.
Pop-rock y decibelios
Un recorrido por la historia del rock...
sábado, 12 de marzo de 2011
Punk : Ramones (I)
La ciudad de Londres, curada de espantos y tolerante con la excentricidad, será el centro propagador de este fenómeno musical delirante cuyos primeros latidos deberán rastrearse sin embargo en Estados Unidos, y principalmente, en un grupo llamado Ramones, quienes reduciendo a la mínima expresión una excitante mezcla de tonos pop y contundencia rock acelerada hasta límites vertiginosos, detonarán sin proponérselo el nacimiento del punk durante la segunda mitad de los setenta. Chavales de clase media mortalmente aburridos por la irritante normalidad del instituto, y que encerrados en un garaje del neoyorquino barrio de Queens combatían su frustración adolescente edificando un enorme y descomunal ruido; tal vez el equivalente musical a darse cabezazos contra una pared hasta perder el sentido.
Situémonos a principios del verano de 1974 y podremos imaginar a los cuatro Ramones dedicándose a quemar amplificadores de segunda mano como única respuesta a su total falta de motivación.
Punk: sus raíces
Las raíces del punk anglosajón las encontramos en la virulencia de las primeras grabaciones de Rolling Stones y The Who, y en grupos malditos que como Velvet Underground habían sentado un precedente con su actitud: preferencia del efecto inmediato en lugar de elocuencia musical.
El punk, la última gran revolución del rock, abrió a los jóvenes la puerta de un negocio controlado por profesionales, reafirmando además que era más importante lo que se decía que como se dice; se animaba a todo aquel que lo quisiera intentar a tomar un instrumento y formar un grupo sin necesidad de aprendizaje previo. Se recuperó el formato "single" -más económico- recordándole al rock que este debe de ser algo efímero y rápido, y que solo si era visceral, sudoroso y vulgar, cumplía su cometido. El punk efectuará un trasplante de corazón a la música pop - cuyos efectos secundarios aún se observan hoy en día-, para finalmente evidenciar el ilimitado poder de un sistema establecido capaz de terminar convirtiéndolo en una moda más que, como tal, acabará por no representar amenaza alguna.
sábado, 5 de marzo de 2011
Punk: El eco de la calle
Cuando el punk aparece, el rock -aquella música que había sido signo de identidad para generaciones anteriores- dormía aletargado en manos de grandes discográficas y artistas que, olvidando sus raíces y retirados en lujosas mansiones, vivían de espaldas a ese público joven que un día les encumbró. La creatividad del rock se había estancado, su espíritu lúdico había sido suplantado por dudosos conceptos intelectuales, estériles exhibiciones de virtuosismo instrumental e intereses mercantiles desproporcionados.
Provisionalmente, el punk devolverá al rock el eco de la calle con desquiciados mensajes negativos, gritados -más que cantados- sobre un fondo caótico de bajos retumbantes, guitarras saturadas, y baterías que aporrear. Negando la tradición que impera en el rock y que tiene en el blues su piedra angular, esta nueva válvula de escape juvenil preferirá el reggae como sonido unificador. Descalificarán a los "hippies" mientras aseguran renegar de las drogas, si bien no desaprovecharán la oportunidad de "esnifar" cola o ingerir "speed". Provocación, insulto y osadía.
Punk: Oídos a prueba de bombas
Los oídos que tendrán que soportar la reaccionaria y virulenta tendencia musical que a partir de 1976 cortocircuitará hasta dejar a oscuras los palacios del rock, deberán de ser ante todo resistentes. Llegó, ocurrió y desapareció; tendencias negativas que bajo el nombre de punk, marcarán la sonoridad musical de los últimos setenta y primeros ochenta.
Dicen que el principal motivo de sus origen fue el tedio. Los jóvenes se aburrían, odiaban la escuela, sabían que no había lugar para ellos en un sistema encogido por aquella crisis económica que terminó por engullir en el conservadurismo a todos aquellos que intentaron mejorar la sociedad una década antes. Cualquier intento de cambio estaba mortalmente bloqueado, las grandes ciudades y sus calles se habían convertido en desiertos urbanos por los que deambulaban sin rumbo fijo cientos de adolescentes que no saben en que ocupar su tiempo. Hordas de muchachos rabiosos a los que el rock, su habitual fuente de inspiración, también les había traicionado.
Sofistysoul: Nostalgia en manos masculinas
Aún cuando no existen réplicas masculinas destacadas a la peculiar forma de transformar la música en nostalgia, si que se hace necesario y obligado destacar con brillantez la obra de unos alquimistas del recuerdo que tienen por nombre Manhattan Transfers, cuarteto vocal neoyorquino, perfecto rebuscador de material de lo treinta, cuarenta y cincuenta, pigmentado con puntuales incursiones en la cultura rock a través de sonidos étnicos y músicas del mundo. Formados en 1969, este exquisito par de parejas constituye la formación vocal tradicional de más altos vuelos internacionales. De textura innegablemente jazz, su deslumbrante toque escénico, su amplio y lujoso guardarropa y constantes guiños a estrellas del espectáculo del siglo XX - Fred Astaire, Clark Gable...-, Manhattan Transfers son mucho más que pura imagen. Sus trabajos son una muestra palpable de que la nostalgia musical no constituye un paso atrás, sino la lección que nos enseña que cualquier camino es bueno para que los que crecieron a ritmo de rock, degusten otros mundos de calidad musical una vez sus oídos se han convertido en adultos.
Sofistysoul: el lado femenino (I)
Carole King había compuesto - y colaborado con el gran James Taylor- muchas de las piezas maestras del pop antes de, llegados a los setenta entrar de lleno en este universo de canciones que se escuchan a la luz de una vela mientras afuera llueve o hace frío. Linda Ronstadt, tras una primera época volcada en el sonido country, acometerá en su madurez vital y vocal, terrenos aledaños al jazz más reblandecido. Carly Simon -Grammy en 1971, artista consagrada un año después y oscar a la mejor canción a finales de los ochenta con "Let the river run"- también grabará emotivos homenajes a la nostalgia más cercana, mientras Rita Coolidge obtendrá el éxito definitivo a finales de los setenta de la mano de una hermosa colección de canciones clásicas. Por su parte, Bette Midler, hawaiana de nacimiento, se consagrará como la primera estrella "cabaretera" del rock, calificativo que avalan tanto sus discos como su capacidad interpretativa como actriz en películas como "The Rose".
Mujeres...nadie como ellas para estimular, a través de una preciosa voz, la balsámica calidez del recuerdo.
Sofistysoul: el lado femenino
En esta onda de música suave aparecerán nuevos intérpretes -femeninos en su mayoría- que ofrecerán de forma brillante lo que también se dio por llamar música nostálgica, y aunque pudiera parecer lo contrario, esta nostalgia inspiradora no fue un error. Tal vez lo sea si hablamos de asuntos del corazón, de la edad, de lo que fue y pasó, de lo que pudo haber sido si..., pero asimilada al terreno musical en aquellos setenta y centrada en el devenir histórico del pop rock, no solo ha mostrado desde siempre buen pulso y calidad, sino que además ha sido manantial abundante de éxito y dinero para sus intérpretes.
Algunos de los elementos comunes de estas estrellas serán su edad, cierta notoriedad previa en el universo del pop contemporáneo, y el momento en que a pesar de aislados éxitos precedentes, alcanzan una madurez interpretativa que las coloca definitivamente en la historia del rock. Coincidencias estructurales que no limitarán la rebosante , vital y porque no, caótica a veces, personalidad artística de cada una de ellas.
Sofistysoul: Sentimientos, cifras y éxito...
Tal vez, la más rutilante estrella de esta mezcla sonora fuera Neil Diamond, épico y declamatorio cantante cuya imagen de trovador turbulento vendería millones de discos. Para unos sobrecogedor, para los más escépticos un gritador de banalidades cuyo éxito como compositor también será memorable. Sus detractores preferían a los Carpenters, uno de los más logrados intentos por redefinir la música folk en la era del rock; dos hermanos que alcanzarán éxito y prestigio a través de un bien elegido repertorio y la exquisita voz de la desaparecida -por anorexia- Karen Carpenter, sabiamente envuelta en atmósferas vaporosas y etéreas. Captain and Tenaille serán junto a ellos el otro gran dúo romántico de los setenta, en cuyos años finales el mercado musical de este estilo quedará invadido por el caos con proyectos cada vez más despersonalizados como Barry Manilow o Air Supply; un nuevo cruce de estilos que gracias a estudiada mercadotécnia logrará sobrevivir en los ochenta. Para entonces ya no se hablará de canciones y sentimientos, sino de cifras y ventas.
Sofistysoul: Sonidos adaptados
El conglomerado resultante de aquellos nuevos trovadores de suaves melodías será de lo más variopinto. Se adaptarán canciones provenientes del folk y del country; incluso música proveniente de películas o de compositores de difícil clasificación como Randy Newman, hoy sólidamente instalado -con un par de "oscars" incluídos- en la factoría Disney.
El claro antecedente musical de este pequeño revuelo musical será Burt Bacharach, tal vez uno de los más grandes creadores de canciones sentimentales de todos los tiempos, y a cuyo alrededor esta música adulta y contemporánea se diversifica en diversas líneas melódicas: la country representada sobre todo por Kenny Rogers; la llamada "negra" con artistas como Roberta Flack, Minnie Riperton o el Stevie Wonder más acaramelado; y la más próxima al rock con Melissa Manchester y Eric Carmen, perfecta combinación entre contundentes acompañamientos y suaves melodías. En el Reino Unido, el soul profundo y el pop se mezclarían en la voz de Kiki Dee, mientras Gilbert O'Sullivan se presentaba más dulzón.
Sofistysoul: a caballo entre el soul y el pop
Un insólito pariente del rock de los setenta será un estilo -inconcreto a veces- caracterizado por música suave y ligera que fluirá tras el movimiento hippie. Constituirá una especie de cruce de caminos que se revelará como el intento más o menos maquiavélico, de vender aquel espíritu de los grandes conciertos a un más amplio y adulto público. Descendiente de aquel "hippismo" que a juzgar por los cambios desencadenados sacudió enormemente a la sociedad, este nuevo sonido se introdujo en los turbios setenta aprovechando la creatividad de nuevos y renovados artistas cuyos íntimos sonidos serán fáciles de asimilar por cualquier clase de consumidor musical. Se trata en su mayoría de artistas que deliberadamente se replantearon la búsqueda de una dimensión más sensitiva y más ligada a la realidad social. Para aquellos nuevos oyentes, será reconfortante oír, descritas en una canción, sus vivencias y sus sensaciones. Temas en los que los textos nos hablan de asuntos muy personales -maternidad, divorcio, soledad...-en busca de la identificación total.
domingo, 27 de febrero de 2011
AOR: Dire Straits (III)
La orquestación que tan necesaria se le hizo a Mark Knopfler a la hora de elaborar la banda sonora de "The local hero", marcará la pauta del cuarto trabajo de Dire Straits, una preciosista colección de cinco largas canciones cargadas de lírica orquestal con la que el grupo se aleja momentáneamente de los estudios de grabación. Algo que no hará su guitarrista y líder, quien siempre embarcado en los más prometedores proyectos del momento, producirá a un interesante pop realizado por los escoceses Aztec Camera y a Tina Turner, a la que cede una de las canciones que no ha podido incluir en el último trabajo de la banda
-"Private dancer"-, y que se convertirá en el nuevo número uno de tan incombustible cantante. Aún en tiempos de sequía creadora para fines propios, la excelente aceptación que recibe un doble álbum con sus éxitos grabados en directo, conformará sobradamente a su discográfica, quien con una espina clavada -la resistencia del mercado norteamericano- pedirá a Mark Knopfler que reúna de nuevo a la banda. Será en 1985 y su nuevo y último trabajo de estudio se llama "Brothers in arms", un buen disco para los nostálgicos, pero una gran sensación de abandono para todos aquellos a los que nos hubiera encantado saber pellizcar una guitarra.
AOR: Dire Straits (II)
El prestigio de la banda, y aún a pesar de la marcha del batería y de David Knopfler -siempre oscurecido por la sombra universal de su hermano mayor y decidido a probar suerte en solitario con discos más melancólicos-, ya no disminuirá. Más bien al contrario, sus nuevas propuestas ampliarán su reconocido universo sonoro con nueva y elegantemente elaborada instrumentación, y así, la guitarra de Mark Knopfler se fundirá con las notas que Roy Bittan -teclista de Bruce Springsteen- desparrama con sutil insistencia en los surcos de su tercer trabajo. También son tiempos de ampliar horizontes, de no etiquetarse, de disfrutar más allá del grupo, de realizar pequeños sueños. En 1983, el productor de "Carros de Fuego", encargará a Knopfler la banda sonora de su nueva película, un modesto alegato ecologista llamado "The local hero". La escucha de cada uno de sus cortes, en especial el que da título a la película, surgirá tal efecto tonificante que cada uno de ellos sera tan venerado como si un disco del grupo se tratara. No es de extrañar pues, que Dire Straits se vean obligados a incluir su tema central en sus conciertos.
AOR: Dire Straits (I)
La primera maqueta de Dire Straits terminará pronto en manos de un afamado locutor local, quien gratamente sorprendido por lo escuchado, propagará aquellas notas entre los oídos más interesados, representantes, productores y escudriñadores discográficos. El éxito resulta tan inmediato, que solo un año después de sus penurias la banda ya ha grabado sus dos primeros trabajos, discos perseguidos y devorados que inmediatamente les convierten en icono imprescindible de un nuevo sonido que todos quieren disfrutar. Al frente del grupo Mark Knopfler, de voz escasa y susurrante, profunda, quemada y arrastrada, quien prefirió concentrar sus dotes musicales en la guitarra eléctrica escuchando a grandes instrumentistas del country y del rockabilly. Un guitarrista que terminará por convertirse en un músico total y perfecto, un convincente comunicador del mundo del rock cuyo sonido inconfundible cautivará a gente como Bob Dylan o Van Morrison, quienes recurrirán a él -Dylan por dos veces- para la grabación de algunos de sus discos.
AOR: Dire Straits
En otoño de 1977 los hermanos Knopfler, Mark y David, pasaban grandes estrecheces junto a John Illsey en un pequeño apartamento del sur de Londres; una "situación extrema" como la bautizó el batería Pick Waters, quien se había unido a ellos en busca del sueño común de formar un grupo. Para ello gastarán sus últimas libras en grabar una maqueta de cuatro canciones mientras la situación por la que atraviesan termina por convertirse en el nombre de los más claros representantes de ese sonido de guitarra eléctrica cuya definición será su comparación con un pellizco: Dire Straits. Una de aquellas cuatro canciones era "Sultans of swing", instantánea inmediata de una banda de rítmicos héroes urbanos que se iniciaron interpretando jazz en locales nocturnos donde cada viernes noche, y de tugurio en tugurio, conseguían el suficiente dinero para subsistir hasta el viernes siguiente. Una canción irrepetible que Mark Knopfler, a la postre reputado instrumentista y líder, había escrito a bolígrafo sobre una gastada servilleta pensando en las cuerdas de su guitarra eléctrica, aquella que acostumbraba a pellizcar como casi nadie antes lo había hecho.
AOR: Steely Dan (III)
Constituidos como dúo, por fin Steely Dan esboza plenamente los sueños de unos autores iluminados; el jazz como esencia y el rock como medio, en una cumbre expresiva que dejará poco margen a la superación. El listón se encuentra demasiado arriba y tanto ellos como su público lo saben. Iniciados los ochenta, su nuevo trabajo contenta pero no asombra; un acabado exquisito pero sin la codicia de nuevos horizontes que revela entre líneas el estado anímico de sus autores. Y así, aunque el disco se venderá igualmente sin problemas -tal vez porque tras tres años de ausencia las expectativas son enormes-, el final del camino anda cerca. Ya no existe motivo para arriesgar más de lo exigible con nuevas apuestas, por lo que justo cuando debía de ser -año 1981- se consumará la separación dejando un asiento libre que aún hoy sigue vacante en el circo del rock. Para los nostálgicos se editarán recopilaciones, al tiempo que por separado, dosificados trabajos en solitario y alguna que otra reaparición tocando juntos para otros artistas nos recordarán que, de veras, Steely Dan fueron únicos.
sábado, 26 de febrero de 2011
AOR: Steely Dan (II)
En 1974, el monopolio creativo de sus dos líderes provocará la primera escisión importante. En un grupo donde se aglutinan excelentes músicos que necesitan exteriorizar la grandeza musical que llevan dentro sin que nadie corte sus alas, la dictadura marcada por quienes manejan la formación veta tareas de composición -y por tanto las comisiones que les reportan- al resto de la banda. Tampoco podrán hacerse ricos y disfrutar de la música con posibles giras, pues los cerebros de Steely Dan reniegan de ellas y solo quieren trabajar en el estudio de grabación. Llegados a este punto, y aunque la fuga de su guitarrista para enrolarse con los Doobie Brothers se dejará sentir en los trabajos siguientes, la posibilidad de componer sin atadura alguna será una liberación creativa de primer orden; Walter Becker y Donald Fagen disuelven la banda para rodearse exclusivamente de músicos de sesión. En contra de lo que pudiera parecer, el resultado será impecable hasta el último detalle y 1977 acogerá su mejor trabajo; una visceral respuesta al rock adormecido mientras ya se divisa a lo lejos la presencia de un enemigo amenazador al que llamarían punk.
AOR: Steely Dan (I)
La imagen inicial de Steely Dan como grupo aparece confusa, quizá debido a que su primer éxito lo constituyó un disco sencillo -Do it again- en el que una percusión sabrosamente contenida logrará introducir al oyente en las pistas de baile creando cierto descrédito a los ojos de los más puristas sinfónicos de la época, al tiempo que termina por otorgar al álbum que más tarde lo contendría, una proyección errónea que acabó desconcertando a más de un comprador o crítico. Quienes en cambio no tenían por costumbre fiarse de juicios previos, pudieron disfrutar de las excelencias de un magnífico trabajo; diez canciones magistralmente diseñadas y ejecutadas sobre la misma línea que delimita el pop y el rock, y cuya singularidad será fruto de una adaptación peculiar de la influencia que el jazz mantiene sobre el grupo. No pretenden mezclar dos géneros en busca de un resultado bastardo, sino aplicar determinadas propiedades del jazz al contexto de un por entonces acartonado rock, con el fin de desentumecerlo.
AOR: Steely Dan
Tras una primera audición, se puede llegar a pensar que para escuchar a Steely Dan, antes hace falta ponerse un smoking; tal es la enigmática brillantez y elegancia que se desprende de su música. Durante casi una década fueron sinónimo de perfección instrumental y del gusto por lo sobrio y bien acabado, capaces de superarse año tras año. Ferozmente criticados por sectores reacios a la premeditación y falta de espontaneidad en el rock, aguantaron solo mientras tuvieron algo que decir, terminando su aventura en el justo momento. Nadie podrá acusar jamás a estos dos neoyorquinos con cara de pocos amigos -Walter Becker y Donald Fagen, bajista y teclista respectivamente- de explotar esa gallina de los huevos de oro llamada consumidor, con discos redundantes. Dos excelentes instrumentistas cuyo nexo de unión en una estrecha amistad forjada en el bar de la universidad, será su pasión por el jazz, motivo por el que antes de formar Steely Dan -nombre que proviene de un "juguete" erótico- ejercen funciones mercenarias como acompañantes y compositores de este género.
AOR: Fleetwood Mac (III)
1975 enmarcará el primer trabajo de la más estable y exitosa formación de Fleetwood Mac, un simple y afortunado ensayo de lo que dos años más tarde con "Rumours", álbum que permanecerá casi un año en los primeros puestos de las listas de éxito, habrá de llegar. Nubes blancas y esponjosas que se abren camino entre las innumerables tormentas pasadas acaban por instalarlos en el olimpo del rock. Incluso en trabajos más arriesgados mantendrán ventas y fama que perpetuarán con monstruosas giras que terminan encendiendo la mecha de la tentación del trabajo en solitario a principio de los ochenta. Tan solo Stevie Nicks con su primer disco, número uno en 1982, será capaz de igualar parte del fulgor comercial del grupo. El resto desaparecerá rápidamente como solista, consiguiendo en el mejor de los casos, trabajos que acaban en las rebajas. Un discreto adiós en 1987 tras años de publicaciones escasas, los convierte desde entonces en mera revisión de tiempos pasados puestos al día, con la que llenar con nostalgia cada una de sus cuentas corrientes.
AOR: Fleetwood Mac (II)
Instalados ya en Estados Unidos y sumergidos en la vorágine que en los primeros setenta se movía por los sótanos del rock, las presiones de la industria y sobre todo el LSD, minarán la salud mental de Peter Green, quien por una extraña fe religiosa decidirá abandonar la música. Por suerte, y aunque emular una mínima parte de la creatividad de su líder parece del todo imposible, se dará con sustitutos con los que poder seguir intentándolo, entre ellos Christine McVie, mujer de uno de sus componentes, teclista y excelente compositora, elegida mejor vocalista británica en 1969; un toque femenino, claro perfilador del nuevo sonido que se les avecina, pero que no conseguirá que la mala racha termine. Se suceden expulsiones y ataques, liderazgos efímeros que una vez subsanados les convertirán en una rutinaria banda de blues y de rock. Tras nuevos abandonos, llegan milagros como Lindsay Buckingham -guitarra y voz- y sobre todo Stevie Nicks -cantante entre dulce y desgarrada-, cuya voz se convertirá en el nuevo estandarte del grupo, a la vez que sello de identidad de su posterior triunfo.
AOR: Fleetwood Mac (I)
El influjo del ambiente post-hippie pronto hará mella en Fleetwood Mac: su sonido terminará por tomar una dimensión más íntima. Su blues reptante abrirá paso a cortes de lírica profunda que, reforzados con nuevos músicos, inocularán todo tipo de virus provenientes del pop, cargándolos de frágiles letras y melodías que escritas por la mano poderosa, entre lo profano y lo místico de Peter Green, se convertirán en algunos de los más bellos paisajes guitarrísticos de la historia del rock. También de su mano, el grupo se sumará de forma furtiva a nuevos ritmos tribales. Sin embargo, su éxito seguirá cincunscrito al Reino Unido, si bien algunos de sus temas desembarcarán al otro lado del océano interpretados por gente como Santana, quien en la ciudad de Los Angeles capitaliza gran parte de los hallazgos de Fleetwood Mac. Tanto es así, que aún son muchos los que creen que una canción tan magistral como "Black magic woman" pertenece al consagrado guitarrista mejicano. Ha llegado el momento de conquistar el mercado norteamericano...
domingo, 13 de febrero de 2011
AOR: Fleetwood Mac
Fleetwood Mac son el premio a la perseverancia. Un placentero montón de discos millonarios y admiración internacional que bien podrían ser su edificante moraleja. Acosados en todo momento por las más peregrinas desventuras, lograrán sortear a lo largo de más de tres décadas hasta diez formaciones diferentes, varias crisis de identidad personal, y ostensibles virajes tanto geográficos como musicales. La sola pronunciación de su nombre salpica instantáneamente estribillos risueños, canciones animosas de pop diáfano, bucles vocales y elaborada sencillez. La anestesia perfecta para el declinar hippy que les tocó vivir en sus inicios: almíbar adulto para una nueva burguesía que jugó a cambiar el mundo.
Aunque el caso es que no siempre fue así, ya que son múltiples las metamorfosis sufridas por Fleetwood Mac desde su aparición e 1967, año en que el grupo no es más que la prolongación de Peter Green, su guitarrista y líder, un músico de trazo fino y tensa fluidez cuyos primeros trabajos conformarán el más brillante capítulo del blues realizado en Inglaterra.
AOR: Mike Oldfield (III)
Terminando por amoldarse al concepto canción, con todas sus ventajas e inconvenientes, Mike Oldfield comenzará a trabajar con formaciones estables a su alrededor; músicos y solistas -de increíble belleza la inconfundible voz de Maggie Reilly- que no solo serán garantía de profesionalidad en el estudio de grabación, sino también en escena. Por fin, el ermitaño multi-instrumentistas aprendía a delegar funciones convirtiendo desde entonces su carrera en una genial metamorfosis que terminará por convertirse en la piedra angular de su trayectoria a través de los años ochenta. Discos que hasta la mitad de tan gloriosa década crearán un ininterrumpido flujo de éxitos perfectamente recopilados en un doble álbum de 1985. Un año más tarde será nominado a los oscar por la banda sonora de The killing fields, trabajo en el que al igual que en toda su obra y más allá de cualquier tipo de elogio o censura, Mike Oldfield demostrará ser un hábil constructor de melodías, un prestidigitador capaz de mantener la sorpresa pese a que de su chistera salga siempre el mismo conejo, pero adornado para según que ocasión, con un lazo de distinto color.
AOR: Mike Oldfield (II)
Como casi siempre suele ocurrir, la crítica -rara vez generosa con sus propios artistas- pronto reprochó a Mike Oldfield, en numerosísimas ocasiones, lo aparatoso de su música. Y razón no le falbaba; desde la aparición de Tubullar Bells en 1973 hasta 1978, Oldfield apenas pisará un escenario, pues reproducir en directo temas en los que participaban hasta treinta guitarras representará un descomunal esfuerzo técnico y humano. Si que podrá escenificar su magistral orquestación de 1978 -Incantations-, un doble disco con el que romper el maleficio, aún viéndose obligado para ello a desplazar una orquesta completa, coros y aparatosos equipos de sonido que le llevarán -además de a la ruina- a replantearse muy seriamente los esquemas y la forma de construir sus futuros discos. Tras el testimonio documental y sonoro de aquella descomunal gira europea, pronto se apreciará un notable y decisivo cambio que abundará en la insistencia en largos desarrollos instrumentales, pero sobre todo, en el evidente deseo de aproximación al pop.
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