Fleetwood Mac son el premio a la perseverancia. Un placentero montón de discos millonarios y admiración internacional que bien podrían ser su edificante moraleja. Acosados en todo momento por las más peregrinas desventuras, lograrán sortear a lo largo de más de tres décadas hasta diez formaciones diferentes, varias crisis de identidad personal, y ostensibles virajes tanto geográficos como musicales. La sola pronunciación de su nombre salpica instantáneamente estribillos risueños, canciones animosas de pop diáfano, bucles vocales y elaborada sencillez. La anestesia perfecta para el declinar hippy que les tocó vivir en sus inicios: almíbar adulto para una nueva burguesía que jugó a cambiar el mundo.
Aunque el caso es que no siempre fue así, ya que son múltiples las metamorfosis sufridas por Fleetwood Mac desde su aparición e 1967, año en que el grupo no es más que la prolongación de Peter Green, su guitarrista y líder, un músico de trazo fino y tensa fluidez cuyos primeros trabajos conformarán el más brillante capítulo del blues realizado en Inglaterra.
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