Constituidos como dúo, por fin Steely Dan esboza plenamente los sueños de unos autores iluminados; el jazz como esencia y el rock como medio, en una cumbre expresiva que dejará poco margen a la superación. El listón se encuentra demasiado arriba y tanto ellos como su público lo saben. Iniciados los ochenta, su nuevo trabajo contenta pero no asombra; un acabado exquisito pero sin la codicia de nuevos horizontes que revela entre líneas el estado anímico de sus autores. Y así, aunque el disco se venderá igualmente sin problemas -tal vez porque tras tres años de ausencia las expectativas son enormes-, el final del camino anda cerca. Ya no existe motivo para arriesgar más de lo exigible con nuevas apuestas, por lo que justo cuando debía de ser -año 1981- se consumará la separación dejando un asiento libre que aún hoy sigue vacante en el circo del rock. Para los nostálgicos se editarán recopilaciones, al tiempo que por separado, dosificados trabajos en solitario y alguna que otra reaparición tocando juntos para otros artistas nos recordarán que, de veras, Steely Dan fueron únicos.
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