Terminando por amoldarse al concepto canción, con todas sus ventajas e inconvenientes, Mike Oldfield comenzará a trabajar con formaciones estables a su alrededor; músicos y solistas -de increíble belleza la inconfundible voz de Maggie Reilly- que no solo serán garantía de profesionalidad en el estudio de grabación, sino también en escena. Por fin, el ermitaño multi-instrumentistas aprendía a delegar funciones convirtiendo desde entonces su carrera en una genial metamorfosis que terminará por convertirse en la piedra angular de su trayectoria a través de los años ochenta. Discos que hasta la mitad de tan gloriosa década crearán un ininterrumpido flujo de éxitos perfectamente recopilados en un doble álbum de 1985. Un año más tarde será nominado a los oscar por la banda sonora de The killing fields, trabajo en el que al igual que en toda su obra y más allá de cualquier tipo de elogio o censura, Mike Oldfield demostrará ser un hábil constructor de melodías, un prestidigitador capaz de mantener la sorpresa pese a que de su chistera salga siempre el mismo conejo, pero adornado para según que ocasión, con un lazo de distinto color.
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