Tras una primera audición, se puede llegar a pensar que para escuchar a Steely Dan, antes hace falta ponerse un smoking; tal es la enigmática brillantez y elegancia que se desprende de su música. Durante casi una década fueron sinónimo de perfección instrumental y del gusto por lo sobrio y bien acabado, capaces de superarse año tras año. Ferozmente criticados por sectores reacios a la premeditación y falta de espontaneidad en el rock, aguantaron solo mientras tuvieron algo que decir, terminando su aventura en el justo momento. Nadie podrá acusar jamás a estos dos neoyorquinos con cara de pocos amigos -Walter Becker y Donald Fagen, bajista y teclista respectivamente- de explotar esa gallina de los huevos de oro llamada consumidor, con discos redundantes. Dos excelentes instrumentistas cuyo nexo de unión en una estrecha amistad forjada en el bar de la universidad, será su pasión por el jazz, motivo por el que antes de formar Steely Dan -nombre que proviene de un "juguete" erótico- ejercen funciones mercenarias como acompañantes y compositores de este género.
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