Como casi siempre suele ocurrir, la crítica -rara vez generosa con sus propios artistas- pronto reprochó a Mike Oldfield, en numerosísimas ocasiones, lo aparatoso de su música. Y razón no le falbaba; desde la aparición de Tubullar Bells en 1973 hasta 1978, Oldfield apenas pisará un escenario, pues reproducir en directo temas en los que participaban hasta treinta guitarras representará un descomunal esfuerzo técnico y humano. Si que podrá escenificar su magistral orquestación de 1978 -Incantations-, un doble disco con el que romper el maleficio, aún viéndose obligado para ello a desplazar una orquesta completa, coros y aparatosos equipos de sonido que le llevarán -además de a la ruina- a replantearse muy seriamente los esquemas y la forma de construir sus futuros discos. Tras el testimonio documental y sonoro de aquella descomunal gira europea, pronto se apreciará un notable y decisivo cambio que abundará en la insistencia en largos desarrollos instrumentales, pero sobre todo, en el evidente deseo de aproximación al pop.
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