En 1972, Richard Branson, dueño de la cadena de tiendas de discos Virgin, escucha una casette en el que puede leerse: Tubular bells - Mike Oldfield. La habían rechazado todas las compañías de discos londinenses, pero él, creyendo haber descubierto algo insólito, permitirá que su joven autor de tan solo 19 años se instale en su estudio de grabación. Allí, y por espacio de un año, grabará en tiempos muertos lo que sería su primer disco. Lo hará solo y tocando cada uno de los veintiocho instrumentos que en él intervienen. Así, gracias a la fe de Branson y al tesón de su intérprete, las consagradas "campanas tubulares" se editarán en 1973 como primer disco de la nueva y rutilante Virgin Records. En la actualidad, sus ventas superan los diez millones de copias: bendito despegue para el mítico sello discográfico -comprometido e independiente en aquellos tiempos- y del propio Mike Oldfield, verdadero rey Midas de un estilo de difícil catalogación, a la par que músico atípico dentro de la historia del rock.
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