Instalados ya en Estados Unidos y sumergidos en la vorágine que en los primeros setenta se movía por los sótanos del rock, las presiones de la industria y sobre todo el LSD, minarán la salud mental de Peter Green, quien por una extraña fe religiosa decidirá abandonar la música. Por suerte, y aunque emular una mínima parte de la creatividad de su líder parece del todo imposible, se dará con sustitutos con los que poder seguir intentándolo, entre ellos Christine McVie, mujer de uno de sus componentes, teclista y excelente compositora, elegida mejor vocalista británica en 1969; un toque femenino, claro perfilador del nuevo sonido que se les avecina, pero que no conseguirá que la mala racha termine. Se suceden expulsiones y ataques, liderazgos efímeros que una vez subsanados les convertirán en una rutinaria banda de blues y de rock. Tras nuevos abandonos, llegan milagros como Lindsay Buckingham -guitarra y voz- y sobre todo Stevie Nicks -cantante entre dulce y desgarrada-, cuya voz se convertirá en el nuevo estandarte del grupo, a la vez que sello de identidad de su posterior triunfo.
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