domingo, 27 de febrero de 2011

AOR: Dire Straits (III)

La orquestación que tan necesaria se le hizo a Mark Knopfler a la hora de elaborar la banda sonora de "The local hero", marcará la pauta del cuarto trabajo de Dire Straits, una preciosista colección de cinco largas canciones cargadas de lírica orquestal con la que el grupo se aleja momentáneamente de los estudios de grabación. Algo que no hará su guitarrista y líder, quien siempre embarcado en los más prometedores proyectos del momento, producirá a un interesante pop realizado por los escoceses Aztec Camera y a Tina Turner, a la que cede una de las canciones que no ha podido incluir en el último trabajo de la banda
-"Private dancer"-, y que se convertirá en el nuevo número uno de tan incombustible cantante. Aún en tiempos de sequía creadora para fines propios, la excelente aceptación que recibe un doble álbum con sus éxitos grabados en directo, conformará sobradamente a su discográfica, quien con una espina clavada -la resistencia del mercado norteamericano- pedirá a Mark Knopfler que reúna de nuevo a la banda. Será en 1985 y su nuevo y último trabajo de estudio se llama "Brothers in arms", un buen disco para los nostálgicos, pero una gran sensación de abandono para todos aquellos a los que nos hubiera encantado saber pellizcar una guitarra.




AOR: Dire Straits (II)

El prestigio de la banda, y aún a pesar de la marcha del batería y de David Knopfler -siempre oscurecido por la sombra universal de su hermano mayor y decidido a probar suerte en solitario con discos más melancólicos-, ya no disminuirá. Más bien al contrario, sus nuevas propuestas ampliarán su reconocido universo sonoro con nueva y elegantemente elaborada instrumentación, y así, la guitarra de Mark Knopfler se fundirá con las notas que Roy Bittan -teclista de Bruce Springsteen- desparrama con sutil insistencia en los surcos de su tercer trabajo. También son tiempos de ampliar horizontes, de no etiquetarse, de disfrutar más allá del grupo, de realizar pequeños sueños. En 1983, el productor de "Carros de Fuego", encargará a Knopfler la banda sonora de su nueva película, un modesto alegato ecologista llamado "The local hero". La escucha de cada uno de sus cortes, en especial el que da título a la película, surgirá tal efecto tonificante que cada uno de ellos sera tan venerado como si un disco del grupo se tratara. No es de extrañar pues, que Dire Straits se vean obligados a incluir su tema central en sus conciertos.




AOR: Dire Straits (I)

La primera maqueta de Dire Straits terminará pronto en manos de un afamado locutor local, quien gratamente sorprendido por lo escuchado, propagará aquellas notas entre los oídos más interesados, representantes, productores y escudriñadores discográficos. El éxito resulta tan inmediato, que solo un año después de sus penurias la banda ya ha grabado sus dos primeros trabajos, discos perseguidos y devorados que inmediatamente les convierten en icono imprescindible de un nuevo sonido que todos quieren disfrutar. Al frente del grupo Mark Knopfler, de voz escasa y susurrante, profunda, quemada y arrastrada, quien prefirió concentrar sus dotes musicales en la guitarra eléctrica escuchando a grandes instrumentistas del country y del rockabilly. Un guitarrista que terminará por convertirse en un músico total y perfecto, un convincente comunicador del mundo del rock cuyo sonido inconfundible cautivará a gente como Bob Dylan o Van Morrison, quienes recurrirán a él -Dylan por dos veces- para la grabación de algunos de sus discos.


AOR: Dire Straits

En otoño de 1977 los hermanos Knopfler, Mark y David, pasaban grandes estrecheces junto a John Illsey en un pequeño apartamento del sur de Londres; una "situación extrema" como la bautizó el batería Pick Waters, quien se había unido a ellos en busca del sueño común de formar un grupo. Para ello gastarán sus últimas libras en grabar una maqueta de cuatro canciones mientras la situación por la que atraviesan termina por convertirse en el nombre de los más claros representantes de ese sonido de guitarra eléctrica cuya definición será su comparación con un pellizco: Dire Straits. Una de aquellas cuatro canciones era "Sultans of swing", instantánea inmediata de una banda de rítmicos héroes urbanos que se iniciaron interpretando jazz en locales nocturnos donde cada viernes noche, y de tugurio en tugurio, conseguían el suficiente dinero para subsistir hasta el viernes siguiente. Una canción irrepetible que Mark Knopfler, a la postre reputado instrumentista y líder, había escrito a bolígrafo sobre una gastada servilleta pensando en las cuerdas de su guitarra eléctrica, aquella que acostumbraba a pellizcar como casi nadie antes lo había hecho.


AOR: Steely Dan (III)

Constituidos como dúo, por fin Steely Dan esboza plenamente los sueños de unos autores iluminados; el jazz como esencia y el rock como medio, en una cumbre expresiva que dejará poco margen a la superación. El listón se encuentra demasiado arriba y tanto ellos como su público lo saben. Iniciados los ochenta, su nuevo trabajo contenta pero no asombra; un acabado exquisito pero sin la codicia de nuevos horizontes que revela entre líneas el estado anímico de sus autores. Y así, aunque el disco se venderá igualmente sin problemas -tal vez porque tras tres años de ausencia las expectativas son enormes-, el final del camino anda cerca. Ya no existe motivo para arriesgar más de lo exigible con nuevas apuestas, por lo que justo cuando debía de ser -año 1981- se consumará la separación dejando un asiento libre que aún hoy sigue vacante en el circo del rock. Para los nostálgicos se editarán recopilaciones, al tiempo que por separado, dosificados trabajos en solitario y alguna que otra reaparición tocando juntos para otros artistas nos recordarán que, de veras, Steely Dan fueron únicos.




sábado, 26 de febrero de 2011

AOR: Steely Dan (II)

En 1974, el monopolio creativo de sus dos líderes provocará la primera escisión importante. En un grupo donde se aglutinan excelentes músicos que necesitan exteriorizar la grandeza musical que llevan dentro sin que nadie corte sus alas, la dictadura marcada por quienes manejan la formación veta tareas de composición -y por tanto las comisiones que les reportan- al resto de la banda. Tampoco podrán hacerse ricos y disfrutar de la música con posibles giras, pues los cerebros de Steely Dan reniegan de ellas y solo quieren trabajar en el estudio de grabación. Llegados a este punto, y aunque la fuga de su guitarrista para enrolarse con los Doobie Brothers se dejará sentir en los trabajos siguientes, la posibilidad de componer sin atadura alguna será una liberación creativa de primer orden; Walter Becker y Donald Fagen disuelven la banda para rodearse exclusivamente de músicos de sesión. En contra de lo que pudiera parecer, el resultado será impecable hasta el último detalle y 1977 acogerá su mejor trabajo; una visceral respuesta al rock adormecido mientras ya se divisa a lo lejos la presencia de un enemigo amenazador al que llamarían punk.


AOR: Steely Dan (I)

La imagen inicial de Steely Dan como grupo aparece confusa, quizá debido a que su primer éxito lo constituyó un disco sencillo -Do it again- en el que una percusión sabrosamente contenida logrará introducir al oyente en las pistas de baile creando cierto descrédito a los ojos de los más puristas sinfónicos de la época, al tiempo que termina por otorgar al álbum que más tarde lo contendría, una proyección errónea que acabó desconcertando a más de un comprador o crítico. Quienes en cambio no tenían por costumbre fiarse de juicios previos, pudieron disfrutar de las excelencias de un magnífico trabajo; diez canciones magistralmente diseñadas y ejecutadas sobre la misma línea que delimita el pop y el rock, y cuya singularidad será fruto de una adaptación peculiar de la influencia que el jazz mantiene sobre el grupo. No pretenden mezclar dos géneros en busca de un resultado bastardo, sino aplicar determinadas propiedades del jazz al contexto de un por entonces acartonado rock, con el fin de desentumecerlo.


AOR: Steely Dan

Tras una primera audición, se puede llegar a pensar que para escuchar a Steely Dan, antes hace falta ponerse un smoking; tal es la enigmática brillantez y elegancia que se desprende de su música. Durante casi una década fueron sinónimo de perfección instrumental y del gusto por lo sobrio y bien acabado, capaces de superarse año tras año. Ferozmente criticados por sectores reacios a la premeditación y falta de espontaneidad en el rock, aguantaron solo mientras tuvieron algo que decir, terminando su aventura en el justo momento. Nadie podrá acusar jamás a estos dos neoyorquinos con cara de pocos amigos -Walter Becker y Donald Fagen, bajista y teclista respectivamente- de explotar esa gallina de los huevos de oro llamada consumidor, con discos redundantes. Dos excelentes instrumentistas cuyo nexo de unión en una estrecha amistad forjada en el bar de la universidad, será su pasión por el jazz, motivo por el que antes de formar Steely Dan -nombre que proviene de un "juguete" erótico- ejercen funciones mercenarias como acompañantes y compositores de este género.


AOR: Fleetwood Mac (III)

1975 enmarcará el primer trabajo de la más estable y exitosa formación de Fleetwood Mac, un simple y afortunado ensayo de lo que dos años más tarde con "Rumours", álbum que permanecerá casi un año en los primeros puestos de las listas de éxito, habrá de llegar. Nubes blancas y esponjosas que se abren camino entre las innumerables tormentas pasadas acaban por instalarlos en el olimpo del rock. Incluso en trabajos más arriesgados mantendrán ventas y fama que perpetuarán con monstruosas giras que terminan encendiendo la mecha de la tentación del trabajo en solitario a principio de los ochenta. Tan solo Stevie Nicks con su primer disco, número uno en 1982, será capaz de igualar parte del fulgor comercial del grupo. El resto desaparecerá rápidamente como solista, consiguiendo en el mejor de los casos, trabajos que acaban en las rebajas. Un discreto adiós en 1987 tras años de publicaciones escasas, los convierte desde entonces en mera revisión de tiempos pasados puestos al día, con la que llenar con nostalgia cada una de sus cuentas corrientes.


AOR: Fleetwood Mac (II)

Instalados ya en Estados Unidos y sumergidos en la vorágine que en los primeros setenta se movía por los sótanos del rock, las presiones de la industria y sobre todo el LSD, minarán la salud mental de Peter Green, quien por una extraña fe religiosa decidirá abandonar la música. Por suerte, y aunque emular una mínima parte de la creatividad de su líder parece del todo imposible, se dará con sustitutos con los que poder seguir intentándolo, entre ellos Christine McVie, mujer de uno de sus componentes, teclista y excelente compositora, elegida mejor vocalista británica en 1969; un toque femenino, claro perfilador del nuevo sonido que se les avecina, pero que no conseguirá que la mala racha termine. Se suceden expulsiones y ataques, liderazgos efímeros que una vez subsanados les convertirán en una rutinaria banda de blues y de rock. Tras nuevos abandonos, llegan milagros como Lindsay Buckingham -guitarra y voz- y sobre todo Stevie Nicks -cantante entre dulce y desgarrada-, cuya voz se convertirá en el nuevo estandarte del grupo, a la vez que sello de identidad de su posterior triunfo.


AOR: Fleetwood Mac (I)

El influjo del ambiente post-hippie pronto hará mella en Fleetwood Mac: su sonido terminará por tomar una dimensión más íntima. Su blues reptante abrirá paso a cortes de lírica profunda que, reforzados con nuevos músicos, inocularán todo tipo de virus provenientes del pop, cargándolos de frágiles letras y melodías que escritas por la mano poderosa, entre lo profano y lo místico de Peter Green, se convertirán en algunos de los más bellos paisajes guitarrísticos de la historia del rock. También de su mano, el grupo se sumará de forma furtiva a nuevos ritmos tribales. Sin embargo, su éxito seguirá cincunscrito al Reino Unido, si bien algunos de sus temas desembarcarán al otro lado del océano interpretados por gente como Santana, quien en la ciudad de Los Angeles capitaliza gran parte de los hallazgos de Fleetwood Mac. Tanto es así, que aún son muchos los que creen que una canción tan magistral como "Black magic woman" pertenece al consagrado guitarrista mejicano. Ha llegado el momento de conquistar el mercado norteamericano...


domingo, 13 de febrero de 2011

AOR: Fleetwood Mac

Fleetwood Mac son el premio a la perseverancia. Un placentero montón de discos millonarios y admiración internacional que bien podrían ser su edificante moraleja. Acosados en todo momento por las más peregrinas desventuras, lograrán sortear a lo largo de más de tres décadas hasta diez formaciones diferentes, varias crisis de identidad personal, y ostensibles virajes tanto geográficos como musicales. La sola pronunciación de su nombre salpica instantáneamente estribillos risueños, canciones animosas de pop diáfano, bucles vocales y elaborada sencillez. La anestesia perfecta para el declinar hippy que les tocó vivir en sus inicios: almíbar adulto para una nueva burguesía que jugó a cambiar el mundo.
Aunque el caso es que no siempre fue así, ya que son múltiples las metamorfosis sufridas por Fleetwood Mac desde su aparición e 1967, año en que el grupo no es más que la prolongación de Peter Green, su guitarrista y líder, un músico de trazo fino y tensa fluidez cuyos primeros trabajos conformarán el más brillante capítulo del blues realizado en Inglaterra.


AOR: Mike Oldfield (III)

Terminando por amoldarse al concepto canción, con todas sus ventajas e inconvenientes, Mike Oldfield comenzará a trabajar con formaciones estables a su alrededor; músicos y solistas -de increíble belleza la inconfundible voz de Maggie Reilly- que no solo serán garantía de profesionalidad en el estudio de grabación, sino también en escena. Por fin, el ermitaño multi-instrumentistas aprendía a delegar funciones convirtiendo desde entonces su carrera en una genial metamorfosis que terminará por convertirse en la piedra angular de su trayectoria a través de los años ochenta. Discos que hasta la mitad de tan gloriosa década crearán un ininterrumpido flujo de éxitos perfectamente recopilados en un doble álbum de 1985. Un año más tarde será nominado a los oscar por la banda sonora de The killing fields, trabajo en el que al igual que en toda su obra y más allá de cualquier tipo de elogio o censura, Mike Oldfield demostrará ser un hábil constructor de melodías, un prestidigitador capaz de mantener la sorpresa pese a que de su chistera salga siempre el mismo conejo, pero adornado para según que ocasión, con un lazo de distinto color.


AOR: Mike Oldfield (II)

Como casi siempre suele ocurrir, la crítica -rara vez generosa con sus propios artistas- pronto reprochó a Mike Oldfield, en numerosísimas ocasiones, lo aparatoso de su música. Y razón no le falbaba; desde la aparición de Tubullar Bells en 1973 hasta 1978, Oldfield apenas pisará un escenario, pues reproducir en directo temas en los que participaban hasta treinta guitarras representará un descomunal esfuerzo técnico y humano. Si que podrá escenificar su magistral orquestación de 1978 -Incantations-, un doble disco con el que romper el maleficio, aún viéndose obligado para ello a desplazar una orquesta completa, coros y aparatosos equipos de sonido que le llevarán -además de a la ruina- a replantearse muy seriamente los esquemas y la forma de construir sus futuros discos. Tras el testimonio documental y sonoro de aquella descomunal gira europea, pronto se apreciará un notable y decisivo cambio que abundará en la insistencia en largos desarrollos instrumentales, pero sobre todo, en el evidente deseo de aproximación al pop.


AOR: Mike Oldfield (I)

La música de Mike Oldfield no es esencialmente folk pese a beber generosamente en melodías y ritmos tradicionales; tampoco puede catalogarse de clásica pese al interés de su intérprete por los grandes maestros contemporáneos. Ante esta perspectiva, para muchos la música de tan insigne multi-instrumentista se antojará simplemente un producto de laboratorio -de hecho lo es hasta cierto punto- aunque no exento de gran mérito; no en vano en muchos de sus trabajos se asientan las premisas que más tarde habrían de animar y conformar ese patrón creativo cargado de electroacústicos sonidos de plácida audición para un público adulto, y al que se denominó new age, al tiempo que investigará someramente en territorios de clara inspiración étnica, principalmente celta.
Desde sus primeras aventuras musicales junto a su hermana -la cantante Sally Oldfield-, la labor y credibilidad desarrolladas por Mike Oldfield se enmarcarán en colaboraciones para discos ajenos, amén de la grabación de sus propios trabajos. Credibilidad incrementada con la inclusión de algunos de los fragmentos de su Tubular Bells en la película -icono de la historia del cine de terror- "El Exorcista".




domingo, 6 de febrero de 2011

AOR británico: Mike Oldfield

En 1972, Richard Branson, dueño de la cadena de tiendas de discos Virgin, escucha una casette en el que puede leerse: Tubular bells - Mike Oldfield. La habían rechazado todas las compañías de discos londinenses, pero él, creyendo haber descubierto algo insólito, permitirá que su joven autor de tan solo 19 años se instale en su estudio de grabación. Allí, y por espacio de un año, grabará en tiempos muertos lo que sería su primer disco. Lo hará solo y tocando cada uno de los veintiocho instrumentos que en él intervienen. Así, gracias a la fe de Branson y al tesón de su intérprete, las consagradas "campanas tubulares" se editarán en 1973 como primer disco de la nueva y rutilante Virgin Records. En la actualidad, sus ventas superan los diez millones de copias: bendito despegue para el mítico sello discográfico -comprometido e independiente en aquellos tiempos- y del propio Mike Oldfield, verdadero rey Midas de un estilo de difícil catalogación, a la par que músico atípico dentro de la historia del rock.


AOR británico: Alan Parsons / Vangelis

Alan Parsons ha practicado desde siempre alquimia de alto refinamiento estereofónico. Ingeniero de sonido de gente como Pink Floyd, Al Stewart o los mismísmos The Beatles -The Dark side of the moon, The year of the cat y Abbey road respectivamente-, pronto decidirá ganar dinero como artista de sus propios montajes tras asociarse con el escocés Eric Woolfson y formar The Alan Parsons Project, mejorada alquimia de estudio para la que se rodeará de los mejores músicos de sesión y cantantes del Reino Unido, incluídas viejas glorias que él resucitará del desguace del rock. Cada trabajo constituirá una idea conceptual -Edgar Alan Poe, Asimov, Gaudí...- fácilmente asimilable y vendible, que puntualmente acontecerá desde 1976 a 1987. Discos entretenidos, familiares y vorazmente consumidos.
Igualmente virtuoso se mostrará Vangelis, multiinstrumentista griego de residencia franco-británica forjado a finales de los sesenta en los Aphrodite's Child. Sus éxitos se compaginarán entre excelentes y "oscarizadas" bandas sonoras -Chariots of fire y Blade Runner-, discos en solitario mezcla de sinfonismo, experimentación y pulida perfección, y exquisitas colaboraciones con Jon Anderson, cantante del grupo Yes.










AOR británico: Kate Bush

Kate Bush es quizá la voz británica más gélida y frágil surgida en los años setenta. Excelente pianista y apadrinada por David Gilmour, guitarrista de Pink Floyd, pocos serán los que se opongan a su fichaje en la multinacional discográfica A&M Records, donde bastarán dos años de duro aprendizaje artístico para terminar produciendo -en su trabajo debut- su primer número uno en 1978. Desde entonces, ninguno de sus posteriores trabajos será capaz de dejarnos indiferentes; trabajos que abarcan desde el disco en solitario a colaboraciones con artistas consagrados como Peter Gabriel -alma mater de los "primeros" Génesis-, y que terminarán, poco a poco, por proporcionarle el control de cada una de las facetas de su carrera como cantante, compositora, arreglista, coreógrafa, diseñadora o productora...Rara y venerada especie solitaria, alejada de las frivolidades sociales, cuya música intimista y exótica sigue teniendo el encanto agridulce de las más personales fantasías.