Cuando el punk aparece, el rock -aquella música que había sido signo de identidad para generaciones anteriores- dormía aletargado en manos de grandes discográficas y artistas que, olvidando sus raíces y retirados en lujosas mansiones, vivían de espaldas a ese público joven que un día les encumbró. La creatividad del rock se había estancado, su espíritu lúdico había sido suplantado por dudosos conceptos intelectuales, estériles exhibiciones de virtuosismo instrumental e intereses mercantiles desproporcionados.
Provisionalmente, el punk devolverá al rock el eco de la calle con desquiciados mensajes negativos, gritados -más que cantados- sobre un fondo caótico de bajos retumbantes, guitarras saturadas, y baterías que aporrear. Negando la tradición que impera en el rock y que tiene en el blues su piedra angular, esta nueva válvula de escape juvenil preferirá el reggae como sonido unificador. Descalificarán a los "hippies" mientras aseguran renegar de las drogas, si bien no desaprovecharán la oportunidad de "esnifar" cola o ingerir "speed". Provocación, insulto y osadía.
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