La ciudad de Londres, curada de espantos y tolerante con la excentricidad, será el centro propagador de este fenómeno musical delirante cuyos primeros latidos deberán rastrearse sin embargo en Estados Unidos, y principalmente, en un grupo llamado Ramones, quienes reduciendo a la mínima expresión una excitante mezcla de tonos pop y contundencia rock acelerada hasta límites vertiginosos, detonarán sin proponérselo el nacimiento del punk durante la segunda mitad de los setenta. Chavales de clase media mortalmente aburridos por la irritante normalidad del instituto, y que encerrados en un garaje del neoyorquino barrio de Queens combatían su frustración adolescente edificando un enorme y descomunal ruido; tal vez el equivalente musical a darse cabezazos contra una pared hasta perder el sentido.
Situémonos a principios del verano de 1974 y podremos imaginar a los cuatro Ramones dedicándose a quemar amplificadores de segunda mano como única respuesta a su total falta de motivación.
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