Aretha Franklin irrumpió en la música, curiosamente con un blues, en 1967. Su piano sonaba a iglesia como tantos otros, pero hasta entonces jamás se había oído voz con semejante exasperación emocional. Nacida en 1942, sus padres eran cantantes de gospel, por lo que no parecerá extraño que la niña, con solo seis años, cante en la iglesia de su reverendo padre y ya recorra los circuitos evangélicos despertando infinidad de acaramelados afectos. Lo que tal vez ya no sea tan normal es que a los catorce años grabe su primer disco, a los quince tenga su primer hijo y a los diecisiete el segundo. Cumplidos los dieciocho, el descubridor entre otros, de Bessie Smith, Billie Holiday o Bob Dylan, ya le conseguirá un suculento contrato por cinco años con la potente CBS. Aquella hija de predicador, madre adolescente y poseedora de una de las mejores voces que se han podido escuchar en la historia de la música, no había hecho más que despegar hacia el olimpo del soul.
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