En aquellos grupos que se decantaron por el rock progresivo resultará evidente aquella máxima que nos dice que en el rock no hay unidad métrica para sopesar la importancia de un grupo: hoy eres dios y mañana te ha decapitado. Los ejecutores de la decapitación de este nuevo estilo estará constituida por una tribu formada por críticos, consumidores y altos cargos de empresas discográficas que considerarán a aquellos pioneros material de consumo para minorías incapaces de llenar las cuentas corrientes, aunque en definitiva terminará por ser el inexorable paso el tiempo el que seque el pozo de aquellos diez años de atrevidas propuestas.
Un ejemplo de todo esto lo personifica en los ochenta Pink Floyd, tal vez el grupo puntero del rock sinfónico, pero también el más ferozmente vapuleado en cuanto su música dejó de encajar en las tendencias de aquella década: de poco sirvió que sin ellos sea imposible hacer un balance coherente y medianamente creativo del periodo abarcado entre 1967 y 1977 sin recordarlos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario