Fusión. Confusión. Turbulento océano de nombres propios, grupos, etiquetas, variedad de estilos...Ese es el embravecido mundo del jazz rock. Terrenos movedizos, lodazales plagados de gran cantidad de tecnología, volumen alto y excesos melódicos. Ese hambre por dotar al rock de un mayor calibre y que trajo un serio intento de culturización del pop a finales de los sesenta, encontró en el jazz un terreno no solo abonado, sino fecundo y rebosante de contraprestaciones. Pronto la industria discográfica en general, y CBS en particular, etiquetaría este estilo manipulándolo sabiamente en un momento de próspero desarrollo económico.
Y es que el jazz rock, como producto industrial, atesoraba muchos atractivos. Como el virtuosismo de sus protagonistas, quienes adoptarán como instrumento para su interpretación, algo tan incatalogable como la improvisación. Ya no habrá canciones, sino temas con los que arropar al líder de la banda con una música de volumen montañoso y de gran aparatosidad. Líderes acelerados y omnipresentes.
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