Ya en la cúspide de la fama, Aretha Franklin se adentrará en el rock con la llegada de los setenta, para dos años más tarde protagonizar un sonado regreso al gospel. La nueva década le hará empezar a perder el paso y conforme avance esta, el contexto musical tan sabiamente creado comenzará a difuminarse. Se probará el reencuentro con el éxito con nuevos productores, pero la confusión de estos y los nuevos sonidos que emergen en la segunda mitad de la década, acabarán arrastrándola hacia la música disco con más pena que gloria. En 1980 asistiremos a su fulgurante aparición en la película Granujas a todo ritmo -junto a The Blues Brothers y James Brown entre otros- mientras ficha por el sello Arista, quien lejos de relanzar su carrera, se empeñará en convertirla en una Barbra Streisand o una Liza Minelli negra. Mientras tanto, aquellos viejos fans de los tiempos de Atlantic seguimos entregados a la nostalgia en espera de una nueva y más coherente metamorfosis. Esa que nos gustaría que devolviera a Aretha Franklin al alma del soul.
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