Desde el escenario, esas masas en tensión serán bendecidas con habilidad por artilleros del heavy metal que gustan de exhibir su poder. Poder para dominar los sentidos descargando himnos apocalípticos o hazañas sexuales. La estrella metálica tiene permiso para todo, presume de una libertad sin freno ni responsabilidad, bebe a morro de las mejores marcas, lleva las melenas más largas y los pantalones más ajustados, consume todas las drogas, se permite arrasar las habitaciones de los hoteles y da un corte de mangas a un sistema que predica trabajo duro y vida moderada.
Y esa es una imagen inmensamente atractiva para esos seguidores suyos que parchean sus uniformes y camisetas con el nombre de sus ídolos: invocaciones a una galaxia orgullosa y que se considera depositaria de los valores primarios del rock. El heavy metal se convierte en rock elevado a la infinita potencia cuyo reflejo es un espejo deformante de todas las fantasías que han nutrido esa música desde sus orígenes.
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