A finales de los años setenta y con sus estrellas dedicadas a una constante repetición mecánica, de la mano de pequeñas compañías independientes británicas en busca de un público fresco, el heavy metal retornará a sus orígenes virginales con gente como Iron Maiden, Def Leppard y otros nuevos apóstoles. La más clara demostración de la vitalidad del heavy metal. Un género que ya no es ese cuerpo enclenque al que se le puede acusar de que todo suena igual. Junto a los pocos supervivientes de los setenta brota una savia nueva donde cabe de todo: desde los expertos en asustar a los bienpensantes con referencias satánicas y crudo erotismo, hasta jóvenes que citan la Biblia entre pesados compases. Ni tan siquiera tiene ya sentido la definición del heavy metal como música para chicos: grupos como Europe o los alquimistas Bon Jovi endulzarán las pintas de este estilo varonil con horas de peluquería y canciones listas para conectar con infinidad de corazones femeninos.
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