Motown se definía como el sonido de la joven América sin reparar en colores. Querían llegar a todo el público, no solo a los de su raza y credo, a pesar de que las voces de sus artistas conservaban las raíces del gospel y el blues; pero los arreglos eran sofisticados e innovadores, puro reflejo de la emergencia de la clase media negra, ambiciosa y dispuesta a exigir su parte del pastel estadounidense. Las aspiraciones comerciales del fundador de tan legendario sello eran claras, pero el exuberante sonido Motown no se podía diseccionar fácilmente. Muchas de sus canciones tenían una estructura de los más heterodoxa, pero eran capaces de convertirse en arrolladores éxitos gracias a la visceralidad de sus voces y a la inteligencia de sus arreglos. Bajo omnipresente, ritmo acelerado a base de una o dos baterías, pianos, panderetas, palmas y un enfático relleno de cuerda y viento para conseguir esa palpitación rítmica que con urgencia exigía la atención del oyente, independientemente del lugar de donde procediera este.
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