Se trataba de una idea nacida de la pobreza a mediados de los sesenta, financiada inicialmente con un préstamo de 800 dólares que Berry Gordy reunió entre toda su familia. Y aunque este ex-boxeador metido a vendedor de discos no parecía tener madera de triunfador, estaba colocando la primera piedra de un gran imperio. En principio se trataba de una compañía independiente negra -y orgullosa de ambas cosas- metida en un negocio controlado habitualmente por hombres y dólares blancos, y que todo hay que decirlo, combatía el racismo con habilidad: baste con decir que en algunos de sus primerizos discos no aparecían las fotografías de los intérpretes por lo que pudiera pasar. Pronto tendrán a su servicio una plantilla de compositores y productores, y un no menos creativo grupo de músicos, por lo que los aspirantes solo tendrían que poner la voz. Berry Gordy era el sumo responsable y, aunque sus protegidos renegaran en voz baja a causa de su carácter desagradable y unos métodos poco éticos, el sistema funcionaba con eficacia.
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