James Taylor, virtuoso agridulce de aquel movimiento folk, tenía 19 años y acababa de salir de un hospital psiquiátrico donde se había recuperado de su profundas depresiones, cuando decidió cambiar Nueva York por Londres. En los primeros días de 1968, una maqueta en la que se presenta con su guitarra acústica llega a oídos de Paul McCartney, quien por aquel entonces se encuentra entre otras cosas, impulsando Apple Records, el sello discográfico de los mismísimos The Beatles. La voz y la ilusión que destila aquel norteamericano prometedor serán suficientes para que McCartney se involucre en su lanzamiento como cantante, hasta el punto de colaborar con su bajo en el primer disco sencillo de la futura estrella, una breve autobiografía de su adolescencia en Boston, ciudad que le vio nacer en 1948.
Desde bien pequeño, será su madre -soprano de voz maravillosa- quien le inculque junto a sus cuatro hermanos el arte sonoro, el uso de diferentes instrumentos, el cariño por las melodías y sobre todo, el manejo de su prodigiosa voz.
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