Sin avergonzarse de su pasado, el soul utiliza como ingredientes sonidos propios como el gospel y el blues, pero no tiene reparos en aliñarlos con estilos tan blancos como el country y el pop. Una mezcla que surge de forma natural sin atender a estudios de mercado que tal vez hubieran restado pureza a tan apasionados sentimientos. Su música podrá ser lenta o rápida, pero siempre bailable; los arreglos son robustos y contundentes, sin grandes formaciones orquestales. Prima el feeling del cantante, su arte para dramatizar dilemas amorosos y hacerlos universales. Puede hacerlo con sobriedad o desgarro, pero lo esencial será mantener la credibilidad al máximo cuando se trata de transformar sentimientos en brillantes interpretaciones. El cantante es el gran comunicador, pero dependerá en gran medida de colaboradores anónimos que abarcarán desde los músicos a hombres de negocios, pasando por arreglistas y compositores. Como paradoja de esta nueva música negra, en todos los escalafones encontraremos a gente blanca dispuesta a colaborar en el engrandecimiento del soul.
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