Una noche de 1974, la mansión del gobernador de Georgia recibe a unos desacostumbrados visitantes: Bob Dylan, que acaba de dar un concierto, llega acompañado por músicos locales. El gobernador, que los espera en pantalones vaqueros, los recibe amistosamente y permanecen charlando hasta las tantas. El político en cuestión alcanzará dimensiones internacionales poco después: su nombre es Jimmy Carter. Algo en principio tan insignificante como aquel encuentro, será sin embargo una de las evidencias de que el sur de los Estados Unidos ya no es ese territorio hostil a todo lo que significa contracultura y que se podía observar en películas como Easy Rider, donde brutales paletos del sur acababan a tiros con los hippies californianos que han osado pisar sus carreteras con vestimentas y modos de vida nada correctos.
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