Adelantados a su tiempo, su cínico individualismo zozobró ante la incomprensión e indiferencia general. Paradójicamente, años después serán el germen de futuros movimientos -culturales en general y musicales en particular- que hacen crecer su leyenda con la reedición regular de sus discos. Al mismo tiempo su letal electricismo y depravada frialdad, siguen inspirando la formación de nuevas bandas: la sombra de estas criaturas, originales en casi todo, se ha ido alargando insospechadamente con el paso de los años.
Su sonido, si algo debe a alguien, es a los grupos vocales de finales de los cincuenta, inventando a la vez el sadomasoquismo en el rock, la ambigüedad sexual y una peligrosa sensación de violencia a través de las drogas. Ya no se trata del guiño travieso del porro adolescente ni de la trascendencia psicodélica del LSD. Ellos hablan de heroína, una droga de peso ajena al universo virgen del pop y más propia de asuntos turbios entre mafias. Removiendo entre la basura, crearán una poética de la droga cargada de agria belleza.
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