A principios de 1973 se producirá el debut discográfico de Bruce Springsteen, un trabajo que se tambalea entre el excesivo texto de sus composiciones y unos arreglos entusiastas pero apresurados. La escasa promoción discográfica y el enconado empeño por acuñarlo como el nuevo Bob Dylan, le serán de muy poca ayuda. A finales de ese mismo año aparecerá su segundo disco, mejor trabajado y concebido como una obra compacta, más allá de una simple colección de canciones. Las críticas son muy constructivas, pero las ventas seguirán siendo mínimas mientras un incansable Bruce Springsteen sigue batallándose en conciertos llenos de sinceridad. Y será en uno de ellos donde aparezca una noche John Landau, pilar por aquel entonces del periodismo rock norteamericano y cuya crítica se convierte en una apasionada alabanza en la columna del más prestigioso e influyente diario de Boston: "Ante mis ojos apareció mi propio pasado y algo más: vi el futuro del rock and roll y se llama Bruce Springsteen". Palabras que definen a la perfección la forma en que su música implica al oyente y explican a su vez de que manera éste encuentra en ella un espejo donde se reflejan sus propias vivencias.
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