Una de las sensaciones de aquellos setenta será la desternillante, irónica, esperpéntica y provocadora Orquesta Mondragón, exquisita teatralidad sin complejos de la mano de su creativo líder Javier Gurruchaga, y que venidos desde el País Vasco triunfarán de forma irremediable en su particular asalto a esa bastilla llamada Madrid, por aquel entonces ciudad abierta a toda clase de vientos. Gurruchaga comenzó trabajando como botones en un banco de su San Sebastían natal para terminar convertido en el hombre espectáculo por excelencia del rock español. No solo deslumbrará con histriónicas adaptaciones al castellano de clásicos de Lou Reed, Mick Jagger o Ben E. King, sino que creará un estilo propio, hoy por hoy nunca superado; un animal de escenario que antes de terminar como actor de cine o presentador televisivo, trascenderá los límites del rock con abrumadora facilidad. Siempre supo rodearse de buenos músicos, de excelentes compositores y productores, de buenas chicas, de enanos y saltimbanquis, payasos y malabaristas, forzudos y mujeres barbudas. Desde 1979 hasta su desaparición, la Orquesta Mondragón representará como nadie el circo del rock; el mayor espectáculo del mundo en cada trabajo y actuación.
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