La música, capaz de transportarnos a cualquier rincón del mundo, tiene en el rock a un viajero incansable que continuamente nos obligará a largos viajes intercontinentales entre el Reino Unido y la costa oeste americana, prolíficos pastos donde no falta el alimento que la fauna del rock necesita. A partir de los primeros setenta, el resto de Europa y la cota este del nuevo continente, en concreto la ciudad de Nueva York, iniciarán también un importante protagonismo que dará lugar a nuevos estilos, intérpretes y sentimientos. Sentimientos que abarcarán desde la alegría del pop hecho en Europa, hasta las pesadillas cotidianas de la vida en la gran ciudad. Y entre estas últimas las de Nueva York, la de aquellos cuya agria existencia en el gigante cosmopolita por excelencia, conoceremos a través de lo que llamaron rock urbano: jóvenes amantes del peligro y la autodestrucción, héroes solitarios, arrogantes perdedores, todos coincidirán en el calor interpretativo de nuevos artistas norteamericanos que harán de lo cotidiano su universo poético.
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