Sin embargo, hablar de Suecia es hablar de Abba. Una historia que arranca en el Festival de Eurovisión de 1974 con Waterloo, canción con la que representan a su país y que, tras ganar, se convertirá en un éxito continental, preámbulo perfecto de su posterior apoteosis en el resto del mundo. Sobre el escenario cuatro jóvenes vestidos entre el hippismo y la horterez, pero sin resultar estridentes, dos chicos y dos chicas que además son matrimonio. Un grupo que, tras lo que podía parecer un juego caprichoso, dominará durante casi una década el universo discográfico creando una época dorada de canciones optimistas, triunfadoras e inolvidables.
Por aquel entonces, un grupo de música ligera solo suponía una alternativa intrascendente y de escaso bagaje intelectual, pero escuchando a Abba las apariencias engañaban: la más popular y simple de sus canciones será capaz de adquirir dimensiones insospechadas. Y todo gracias a sus elaboradas construcciones armónicas, sus inusuales arropamientos musicales y avanzadas técnicas de grabación con las que lograr que un producto meramente comercial alcance una insospechada repercusión.
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