Pati Smith fue simplemente la presencia más subyugante de mediados de los setenta: cuarenta y poco kilos, piernas velludas, cadavérica cara de patito feo, desaliñado aire andrógino e indumentaria de la bohemia parte baja de Manhattan. Una posesa inflamada por la anfetamina de la poesía y las hormonas eróticas del rock. Torrente verbal, pasiones y pretensiones infinitas de un ángel desencantado.
Cayó por Nueva York a finales de los sesenta arrastrando una existencia infeliz: hija de testigos de Jehová, enfermedades infantiles envueltas en constantes alucinaciones, expulsada del instituto por quedar embarazada...Cedió al niño en adopción, trabajó en una fábrica infecta y ahorró para poder huir rumbo a la gran manzana. Una vez allí, parapetada tras un trabajo de cajera en una librería, descubrirá la trastienda neoyorquina alojándose en cochambrosos hoteles frecuentados por drogadictos y prostitutas. Buscando la intelectualidad en tan sórdido ambiente, acabará intimando con reputadísimos fotógrafos, dramaturgos y cineastas.
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