El rock urbano se llenará de otros artistas cuya música es una amalgama de asfaltos, de rockeros esquemáticos, intelectuales o simplemente desesperados. Vidas con connotaciones de mito junto a otras de neón fundido. Refinamiento y dureza concebidos en el mismo lecho de la agresividad ciudadana. Latidos de gran ciudad, hermanamientos de locura y agonías de una individualidad plasmada en un rock apasionado.
Como el de John Mellencamp, juglar del desengaño americano que en 1982 alcanzaría el número uno de todo el mundo. Lo suyo le costó si nos atenemos a sus poco plácidos comienzos: en su primer disco su compañía, sin permiso alguno, lo bautiza como John Cougar eliminando su apellido, primer incidente de este artista extremadamente crítico con la industria discográfica. Un poco antes, sus primeros estremecimientos musicales llegarán tras un fugaz paso por una banda menor de glam rock a los que no consigue contagiar su gusto por el rhythm and blues.
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