Desde el principio, a Bruce Springsteen le ha perdido su enorme talento, su vehemencia expresiva, su emotividad desbordada, su honestidad...virtudes que a algunos pueden parecer defectos. Salvaje e inocente, es tal vez el mejor reflejo del artista que jamás se distancia de las historias que cuenta ni de su público. Y todo gracias a la honestidad de trabajos en los que no hay lugar para el cinismo, solo para la celebración, la comunicación y la esperanza.
Nacido en 1949, Bruce Springsteen crecerá siendo mudo testigo de la inadaptación social de su padre, que empleo tras empleo irá dejándose la piel, la salud y la ilusión en cada nueva fábrica de una fea e industrial ciudad de Nueva Jersey: esta relación tormentosa con su progenitor marcará profundamente una buena parte de su cancionero. A los siete años, la presencia televisiva, casi diaria de ese torbellino llamado Elvis Presley, conseguirá que algo cambie en su introvertido interior. Desde ese momento, el rock se convertirá en la única motivación de un pésimo estudiante, tímido espectador de lo cotidiano, y continuamente enfrentado a la amargura de un padre que no lo entiende.
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