Está de más decir que Veneno no tuvieron el éxito de Triana, Alameda o cualquier otro bienaventurado del rock andaluz. Sus actuaciones eran un imposible, sus medios un desastre, sus campañas promocionales la mínima expresión y la voz de su cantante Kiko Veneno de lo peor educada. Además la mezcla era extremadamente fuerte: historias de la otra Sevilla, la de los delincuentes, las cucarachas, los gitanos y los drogadictos contadas por sus propios protagonistas con guitarras destempladas y tono desvergonzado. En 1982 la historia ya no da para más y Kiko Veneno lo intentará en solitario sin que el gran público se de por enterado. En su retiro y en 1987, convertirá a la cantante Martirio en una revelación mientras sus intentos de regreso no tienen algo de trascendencia hasta mediados ya, de los noventa.
Por su parte, los gitanos de Veneno, Rafael y el admirado, simpático y carismático -hoy en solitario abrazado a una guitarra con la que enamora interpretando blues- Raimundo Amador grabarán sus propios discos bajo el nombre de Pata Negra, tan irreverentes y mágicos como cabía esperar.
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