Sobre el rock europeo puede decirse sin temor al equívoco que este jamás ha alcanzado su mayoría de edad, pues contrapesar su historia, sus nombres y sus logros con similares parámetros del rock anglo americano, además de un ejercicio de innecesaria crueldad, es adivinar fácilmente la conclusión y el perdedor.
En un principio, desde finales de los cincuenta, Europa tan solo había ejercido una aplicada labor como simple caja de resonancia tras dejarse seducir por todos los ritmos que llegaban desde el Reino Unido y Norteamérica, a la par que intentaba generar figuras nacionales de identidad semejante, aunque de discutible originalidad.
A partir de los años setenta, las asignaturas del rock ya serán absorbidas profundamente en países como Francia, Alemania Occidental o Italia, donde las compañías discográficas gozan de una dinámica envidiable, al tiempo que proliferan las revistas especializadas. La televisión, y sobre todo la radio, también proyectarán la actualidad palpitante de los nuevos éxitos y tendencias: la infraestructura técnica y comercial necesaria para atraer hacia Europa las grandes giras de las estrellas del rock internacional.
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