A pesar de su acercamiento a la política, Bob Marley no creía en ella. Estuvo en África invitado a los festejos por la independencia de Zimbawe y allí no vio el paraíso prometido. Serán tiempos en que ante tal descubrimiento, su mensaje, convertido en algo más espiritual que terrenal, apenas podrá ser escuchado. En 1980 Bob Marley no se encuentra bien y el diagnóstico no puede ser más terrible: se le ha descubierto un tumor cerebral maligno que sus amigos mantendrán en secreto -se lanza el bulo, casi leyenda urbana, de que se está rehabilitando de una antigua lesión en un pie tras un partido de fútbol- mientras recibe tratamientos de todo tipo en Nueva York, Florida y México. En un desesperado intento por salvar su vida será trasladado a una clínica alemana donde sus médicos tan solo podrán confirmar que ya no hay esperanza alguna. En la travesía que cruzando el Atlántico le trae de vuelta a su casa, su corazón dejará de latir durante su escala en Miami. Sin embargo, durante años se insistirá en que su muerte tuvo lugar en la tierra que le vio nacer. Sea como fuera, se cuenta que ese día rayos y relámpagos rasgaron los cielos de Jamaica.
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