viernes, 7 de mayo de 2010

Rock urbano: Iggy Pop (II)

Y es que el éxito de James Newell, su verdadero nombre, no es conceptual ni musical; sus méritos son principalmente personales. Hay algo en su ser y su capacidad expresiva que despierta las fascinación del público de un modo tan fiel como morboso. Hijo de un maestro y una ama de casa, creció en el remolque que su familia tuvo por hogar. Desde niño fue un inadaptado social rebosante de fustraciones originadas por el excesivo proteccionismo de su progenitores y, según gusta explicar, por el tipo de ropa con el que estos lo vestían.
Con otros delincuentes en potencia formará pronto grupos de escasa supervivencia hasta que, huyendo de su claustrofobia interior, decide trasladarse a Chicago en busca de una suerte esquiva, y donde para ganarse la vida tocará la batería con respetables bluesmen locales. Su vida es anodina pero paga sus vicios. Estamos en 1968 y la estrella se está forjando: tras escuchar por primera voz a Jim Morrison vociferando destrucción y muerte bajo el amparo sonoro de sus Doors, algo le dice que ha de volver al hogar y, venciendo sus miedos, retomar su incierto futuro.


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