Y será el rock el que le de a Bruce Springsteen una posibilidad de huída, un lugar donde encontrarse a sí mismo y moldear su personalidad, una forma de conocer a muchachos que sienten como él y comparten los mismos problemas.
En 1965 entrará como guitarrista en un inexperto grupo local, para dos años más tarde tener el suyo propio tras reclutar a sus miembros en los bares y las salas de juego de la costa de Nueva Jersey. Ese año abandonará definitivamente los estudios a las pocas semanas de comenzar el curso: está claro que lo suyo es el rock o la indigencia. Confiando ciegamente en la fuerza que ha ido descubriendo en su interior, elige lo primero.
En 1971, algunos productores de escasa reputación ya empiezan a seguirle de cerca, viendo en aquel desaliñado muchacho una potencial mina de oro. Presentado a John Hammond, descubridor entre otros de Billie Holliday, Aretha Franklin o Bob Dylan, su primera prueba satisface plenamente a CBS, quien le firmará un contrato por diez álbums. Después de dos años tocando en tugurios a cambio de prácticamente nada, parece que por fin ha llegado su hora.
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