El 21 de mayo de 1981 Jamaica bajó la voz. Sus ritmos se convirtieron en murmullos. Su música en un lamento. Se enterraba a Robert Nesta Marley, relámpago luminoso llegado desde el trópico al universo del rock, el más célebre jamaicano de cuantos haya nacido, y al que los cinco continentes y sus respectivos océanos conocen como Bob Marley. Su cadáver, custodiado por policías blandiendo porras, unió a políticos y sacerdotes de las más diferentes confesiones, "rastas" de extrañas vestimentas y ciudadanos con traje y corbata. El cortejo lo trasladará a su lugar de nacimiento, el valle de las Nueve Millas, hoy convertido en mausoleo, para despedirse de él. En el último momento su viuda depositará una rama de marihuana sobre el féretro, desafío final a las autoridades que en aquel momento discutían los planes para erigirle una estatua y lanzar una serie de sellos conmemorativos del principal introductor del reggae y la cultura "rasta", a la vez que verdadero símbolo para los pueblos negros marginados por el estigma blanco de la esclavitud y el olvido.
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